
El fútbol triunfa por dos motivos fundamentales. El primero tiene que ver con su sencillez: con dos camisetas se puede improvisar una portería y casi cualquier cosa puede servir como balón. El segundo está directamente relacionado con el valor de los tantos, ya que en ningún otro deporte 'pesa' tanto cada uno de ellos. Un gol en el minuto uno tiene más capacidad euforizante que un triple para ponerse en ventaja en el último cuarto.
A los niños, hasta cierta edad, les gusta el fútbol de verdad, es decir, el que se juega en la calle o en el patio del colegio, pero al margen de los focos y las portadas de los diarios deportivos. Mis primeros recuerdos futboleros son del campo del Alondras, en Cangas. Tengo grabada la imagen de mi difunto abuelo trepando por los postes para sujetar las redes que evitaban que los balones se fuesen a Vigo con los despejes de los centrales. Desde entonces, no puedo evitar que me salga la risa floja cuando me llega uno de esos anuncios para hacerse técnico en prevención de riesgos laborales.
Cuando llegó el momento de elegir equipo, decidí hacerme culé, más que nada porque mi padre era madridista. Me costó muy poco identificarme con aquel equipo, con Cruyff en el banquillo y Laudrup dando lecciones de todo lo que debe ser un futbolista. Pero al míster se le fue la olla y le dijo al danés que se buscase la vida. Y vaya si se la buscó. Poco tardó el Real Madrid de Valdano en echarle el lazo. Así fue como, con unos 12 años, me convertí en tránsfuga por primera vez en mi vida. Con más edad, claro está, uno ya es demasiado mayor como para cambiarse de equipo, aunque haya que padecer a Florentinos y Calderones. No mováis la cabeza como tontos, amigos barcelonistas, que vosotros tampoco os cambiasteis de bando en los tiempos de Gaspart.
Italia 90 me pilló mirando hacia otra parte y de la Eurocopa del 92 sólo recuerdo que los daneses la liaron parda llegando como invitados de última hora y que los países escindidos de la Unión Soviética participaron integrados en la Comunidad de Estados Independientes. La primera gran competición que seguí de principio a fin fue el Mundial de EEUU 94. De ahí me quedaron grabadas las imágenes del gol de Goikoetxea a Alemania en un centro-chut envenenado/afortunado y Luis Enrique con la camiseta blanca ensangrentada después del codazo de Tassotti.
Las siguientes grandes citas pasaron casi como destellos, mientras empezaba a asumir eso que decían los mayores: España nunca va a ganar nada. Con el nuevo siglo fueron cayendo los complejos en muchos deportes tradicionalmente vedados a los éxitos españoles, pero se resistía el gran triunfo en nuestro deporte más popular. El brillo del Mundial de Sufáfrica y el gol de Iniesta frente a Holanda eclipsará el éxtasis del gol de Torres a Alemania en la Eurocopa de 2006 y el épico partido de cuartos de final contra Italia, con tanda de penaltis incluida. Pero fue ahí donde nos quitamos definitivamente los complejos y, sobre todo, donde tanto los rivales como los árbitros comenzaron a respetar a la ‘roja’.
jueves, 15 de julio de 2010
Me gusta el fútbol
jueves, 28 de mayo de 2009
Campeón con (triple) corona

Hace unos días entrevisté a un entrenador de un equipo de fútbol regional que acababa de ascender de categoría. Desde su llegada al banquillo, en el mes de diciembre, no perdieron ni un solo partido, y acabaron consiguiendo su objetivo a falta de dos jornadas para que terminase la fase de promoción. Me explicó que su única exigencia era la implicación de los jugadores. "En estas categorías, si estás bien físicamente y tienes un poco de orden, ya tienes mucho ganado", aseguraba con humildad.
Me imagino a Josep Guardiola hace diez meses, recién nombrado máximo responsable técnico del primer equipo del Fútbol Club Barcelona. Salen los jugadores al campo de entrenamiento. Ambiente distendido, muchas bromas, hombre, Pep, cómo lo llevas... Y el de Santpedor los mira con el ceño un poco fruncido, marcando las distancias, y les dice que bien, que gracias por preguntar, pero menos samba y más trabajar. Y así, de un modo tan natural que parece parte de un guión de Hollywood, el Barça se convierte en un auténtico rodillo en todas las competiciones. Gana con holgura la Liga, se pasea en la final de Copa y se gusta en la de la Liga de Campeones, colofón y corolario de la oda al 'fútbol total' en su versión 2.0.
La expresión se acuñó como referencia al juego de la selección holandesa que participó en el Mundial de 1974. El equipo conocido desde entonces como la 'Naranja Mecánica' (por el color de su equipación) le pasó por encima nada menos que a Argentina, a la que venció por 4 goles a 0. Los teóricos consideran que aquel conjunto, liderado en el campo por Johann Cruyff, protagonizó la última gran revolución futbolística. Su virtud principal era que todos los jugadores jugaban extraordinariamente coordinados, lo que prácticamente hacía innecesaria la distinción entre defensores y atacantes. Por eso su juego se denominó fútbol total.
Aquella selección maravilló con su estilo pero se quedó sin corona, ya que perdió en la final ante la República Federal Alemana, anfitriona del torneo, y tampoco pudo hacerse con el título en las dos grandes citas posteriores, el Europeo de Yugoslavia de 1976 (fue tercera) y el Mundial de Argentina de 1978, en el que los albicelestes se tomaron cumplida venganza de lo sucedido cuatro años antes. Cruyff no acudió a la cita debido a la situación política del país sudamericano.
Ejemplos como el de Holanda (el campeón sin corona) o el Real Madrid de la 'Quinta del Buitre', equipos a los que el destino torció la cara sistemáticamente en el momento crucial, revalorizan lo ya conseguido por el Barcelona de Guardiola. La Premier League inglesa puso los cimientos de la más reciente revolución futbolística, con planes de trabajo más intensos que en el resto de Europa, pero ha sido en la capital catalana donde mejor se ha sabido conjugar una gran preparación física con un estilo técnico y un planteamiento táctico no más vistoso que efectivo.
El resto de los equipos de máximo nivel tienen ahora la obligación de reflexionar sobre sus rutinas de trabajo, su filosofía de club y sus planes a medio-largo plazo. El Barcelona planificó con mucha antelación el mejor equipo del mundo y el resultado ha sido algo superior: el mejor fútbol que se ha visto. Es, simple y llanamente, un conjunto adelantado a su época y, si mantiene el rumbo, aún podrá vivir unos cuantos años de esa inercia, mientras en el eterno rival intentan, por ejemplo, convencer a Sergio Ramos de que está muy bien hacer los 100 metros en 11 segundos después de una noche de juerga, pero hacerlos en 10,5 cuidando los hábitos (y la imagen de paso) se acerca más a lo que se le exige a alguien en su situación y con sus privilegios.
