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domingo, 1 de noviembre de 2009

De todas las mujeres que haya en mi vida...


Confieso que, a fuerza de convivir con televisiones, revistas, carteles publicitarios y demás, he acabado por desorientarme y ya no tengo claro dónde termina lo que es simple libertad de expresión y empieza el machismo puro y duro. Por eso -metódico que es uno- para reconocerlo a la mínima sospecha, he estado considerando una fórmula práctica, que consiste en tomar el comentario o el anuncio de turno e invertir los roles masculino y femenino.
En mi calle hay uno de esos soportes estáticos de publicidad (como curiosidad, el nombre técnico es MUPI: Mueble Urbano para la Presentación de Información), que estos días muestra una imagen de la campaña de la Secretaría General Iberoamericana y la Organización Iberoamericana de Juventud contra la violencia machista dirigida a los inmigrantes de Latinoamérica, cuyo lema reza: "De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo / De todas las mujeres que haya en mi vida, ninguna será menos que yo".
He pensado qué pasaría si fuese de madrugada, con un spray, y cambiase los 'más' por 'menos' y viceversa, como quien se para en la autopista para pintar una 'L' antes de A Coruña, pero inmediatemente me he dado cuenta de que, si me pillaban, no sólo me denunciarían por vandalismo, sino también por provocador, demagogo y falócrata. Y gilipollas, sobre todo.
Igual es que a nadie se le ha ocurrido que el mensaje más razonable debería enfatizar la igualdad, que no es exactamente lo mismo que la discriminación positiva. El clásico "somos iguales, somos diferentes", que tan bien define la problemática de la interculturalidad, se adapta mucho mejor a la idea que -imagino- se quiere transmitir. Salvo, claro está, que la idea que se quiera transmitir es que una mujer ha de ser igual o superior a un hombre.
Y ya entrados en el juego de la retórica, ¿qué hay de aquellas personas cuyas tendencias no son heterosexuales? ¿Por qué quedan sistemáticamente olvidadas cuando tratamos de violencia doméstica? ¿Acaso hay motivos razonables para presuponer que en las parejas homosexuales no se dan casos de malos tratos? ¿No debería Bibiana Aído, ministra de Igualdad, velar porque ellos también formasen parte de los asuntos públicos?

viernes, 19 de diciembre de 2008

Yo también puedo escribir una fábula feminista


Se detuvo Dios a contemplar el Mundo que había creado y le pareció tremendamente aburrido. Así que ideó la reproducción sexual porque, como una vez explicó a los inquisitivos ángeles, "siempre he preferido las composiciones con fichas de dominó al Ibertrén", que era otra forma de decir "quiero ver qué pasa" (lo cual no es lo mismo que saberlo de antemano). Decidió dotar a algunas de sus criaturas de caracteres sexuales distintos, de modo que del emparejamiento entre estos surgiesen seres genéticamente diferentes de sus progenitores.

Llevaba tiempo dándole vueltas al boceto del ser humano, así que eligió el primer individuo a 'cara o cruz' (en realidad lanzó una hoja a 'haz o envés') y salió hombre. Tomó el barro primigéneo en el que residían como un todo homogéneo los vicios y las virtudes y, al modelarlo, unos y otras fueron depositándose, aleatoriamente, en diferentes partes del cuerpo que iba tomando forma. Pensó que sería buena idea que la hembra, la mujer, llevase parte del hombre en su propio cuerpo, así que le arrancó a éste una costilla y volvió a meclzarla con el barro, convencido de que, de ese modo, crearía entre ambos un vínculo perenne. Y así Adán y Eva, en el mismo momento, tomaron conciencia de sí mismos y del entorno en el que vivían.

Sintió el Diablo curiosidad por ver en qué modo había afectado a las más recientes creaciones de Dios la diferente composición del barro con el que les había dado forma, así que decidió llevar a cabo una apuesta con el 'pantocrátor' (aunque sus allegados le llaman 'pan', no tanto por economía lingüística sino por considerarlo más ajustado a su esencia). Los detalles del reto no trascendieron, pero sí sus consecuencias.

Advirtió Dios a los humanos: "Podéis disfrutar de todo cuanto os ofrece el Paraíso, excepto de este manzano". El Diablo, por aquel entonces aún poco diestro en el arte de la seducción, creyó que la forma de serpiente sería la que mejor atraería el interés de Adán. Lo que no imaginaba era que éste, ante aquel animal de inequívoca forma fálica, sentiría herido (por comparación) su orgullo viril. Dicen las malas lenguas que, mientras regresaba junto a Eva, no dejaba de imaginarla gozando de aquellas extraordinarias dimensiones. Así se originó el primer caso de malos tratos de la historia.

Eva quedó inmediatamente prendada del encanto de la serpiente, no por su forma, sino por sus sensuales movimientos y su hipnótico silbido. "No puede pasarte nada por comer del manzano, Eva. Dios es amor, no ira. Es vida, no muerte. Es compasión, no egoísmo. Si comes la manzana, serás como Dios". Así que Eva fue en busca de Adán y, tras una larga conversación, decidieron comer a la vez y asumir juntos las consecuencias, positivas o negativas.

Pero cuando Dios apareció con su semblante más aterrador y les exigió una explicación por haber hecho caso omiso a su advertencia, Adán sintió pánico y elevó su índice acusador contra Eva: "Yo no quería hacerlo, fue ella quien me convenció". Dios acarició con suavidad la mejilla de la mujer, bendiciéndola así para siempre con el don de la Ternura. Después miró con dureza a Adán y le dijo: "Ahora sé que al quitarte la costilla te dejé sin el Valor. Espero que los hijos de tus hijos acaben recuperándolo. Pagarás con el sudor de tu frente esta ofensa a Eva". Y entonces se retiró musitando: "no soporto a los delatores".

*Imagen: 'Adam und Eva' (Adán y Eva), de Durero.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Contra la violencia, educación


Pensaba dejar el tema para más adelante pero, tras tener la mala suerte de escuchar a María Teresa Campos pontificando sobre lo terrible de la "violencia de género" en su inconfundible estilo de diva sanchopancesca, creo que tengo que saldar cuanto antes una deuda pendiente con mi bilis.
Lo primero que me ofende es la expresión empleada para referirse a la violencia doméstica. Es ridículo que vengamos (nosotros, el pueblo: no olvidemos que los políticos son sólo brazos ejecutores) de reconocer a los homosexuales su derecho a casarse y continuemos, en cambio, dando por hecho que los malos tratos sólo ocurren en una dirección: de un hombre hacia una mujer. Y aunque así fuese, basta de eufemismos, por favor: las palabras tienen flexión de género, la condición orgánica que distingue a las personas se llama sexo.

Al margen de formalismos lingüísticos, cuyo interés reside únicamente en que revelan un problema general de prejuicios y pudores institucionalizados, el corazón de la cuestión queda casi siempre al margen del debate público. Lo que nos negamos a aceptar es que la violencia, sea del tipo que sea (siempre hablando de relaciones entre adultos), debe ser tratada antes mediante vacunas que recurriendo a remedios a posteriori que no son más que parches. Ahí entra en juego la educación, tanto en los hogares como en los centros de enseñanza. El verdadero germen del maltrato está en las familias y en los colegios, donde se perpetúa la asunción de roles diferenciados por razón de sexo (tradición cultural), sin que haya ninguna razón biológica de peso para ello.
Existe una faceta de la personalidad que tiende a ignorarse o que, en el mejor de los casos, queda relegada a un discreto segundo plano: la autoestima. Educar a un ser humano no es programar un ordenador. En las relaciones sentimentales, el amor propio desempeña un papel esencial, actuando como garante y salvaguardia de un sistema de interdependencia emocional, entendida ésta en su carácter de responsabilidad mutua, pero sin que cada individuo deba ceder su independencia. Al fin y al cabo, la violencia no es más que la verticalización extrema de un esquema de relaciones sociales.

Tanto el sumiso como el dominante manifiestan un déficit de autoestima, por lo que la responsabilidad es, en cierto modo, de ambos. Por eso no se habla sólo del perfil del matratador, sino también del perfil del maltratado. Obviamente, no es políticamente correcto otorgar a la víctima alguna culpa (con todas las connotaciones que la tradición cristiana le confiere al término). Que la víctima sea parcialmente culpable (causante de una determinada situación a través de su conducta) no quiere decir que sea condenable por ello, pero sí muestra una disfunción emocional que debería haber sido corregida previamente.
En el caso de quien ejerce la violencia, la disfunción es muy similar, aunque se manifieste de un modo opuesto. Es por ello, por el tipo de respuesta a su falta de autoestima/autocontrol, por lo que la terapia no es suficiente. Ha roto una norma de convivencia y debe pagar por ello. Pero lo que es más importante es garantizar en la medida de lo posible que no volverá a hacerlo. No es que haya que eliminar el castigo, es que además hay que trabajar en la reeducación del maltratador (no olvidemos que la finalidad principal de nuestro sistema jurídico es la reinserción). La restricción de libertades de dicho individuo estará, lógicamente, supeditada al éxito del proceso. No creo en una cadena perpetua, pero sí en una adaptación cívica vigilada permanente si es necesario.
Por supuesto, es evidente que hacen falta más medios para asegurar la protección de las víctimas, pero no nos dejemos arrastrar por el modelo estadounidense, que siempre resuelve los problemas con la clásica fórmula '+ policía, - libertad'. No se trata de inventar nada nuevo, sino de recordar el refranero popular: "más vale prevenir que curar". O, lo que es lo mismo, contra la violencia, educación.

domingo, 6 de enero de 2008

De vetos y censuras


Dentro de unas horas saldrá a la calle el número 30 de la revista TodoKeniata, una modesta publicación deportiva que mi camarada Jorge Abel y yo hemos ido sacando adelante durante todo un año a cambio de alguna que otra gratificación e infinitos quebraderos de cabeza. Pero hasta aquí hemos llegado.
La decisión de ponerle fin estaba prácticamente tomada desde hace unas semanas, por lo que en honor a la verdad no puedo decir que lo que en adelante llamaré 'el suceso' fuese el desencadenante del abandono. Más bien es la confirmación de que no es suficiente con que un producto tenga una buena acogida entre el público para que sea rentable producirlo. Y puestos a buscarme hobbies, mejor aprendo punto de cruz.
'El suceso' es el siguiente. El repartidor (que a la sazón es mi progenitor) me llama el viernes y mantenemos la siguiente conversación:
-Oye, chato, tengo un motivo más para que votes al Bloque (otro día hablaré con más detenimiento de mis inclinaciones políticas); resulta que ayer llego a la Casa de la Juventud de Cangas para dejar unas pocas revistas (son gratuitas) y me dice el concelleiro de Juventud que no podemos dejarlas allí.
-¿Y eso?
-Porque dice que es una revista sexista y que no puede estar allí, al lado de otras publicaciones que promueven precisamente valores como la igualdad, etcétera, etcétera...
-Perdona, ¿dijo que la revista era sexista?
-Sí, dijo que se había reunido con la concelleira de Deportes y que habían decidido prohibirla en la Casa de la Juventud. Y yo le dije: bueno, no te preocupes que no me hace falta dejarla aquí, voy por la calle y me la quitan los chavales de las manos.
-Pero... ¡sexista! ¡Si tenemos un Rey y una Reina! ¡No se puede ser más igualitario!
-Ya. Yo sólo te transmito lo que él me dijo. Ah, y me comentó que si en el futuro quisieseis optar a algún tipo de subvención teniais que sacar a la chica y además tendría que estar escrito todo en gallego.
El resto de la conversación me la ahorro, pero no la explicación, claro. Cuando empezamos con la revista decidimos con todo el rostro que íbamos a aprovechar la idea del Diario AS para revalorizar la publicidad en la contraportada. Decidimos llamar a la sección 'La Reina de Kenia', puesto que las ligas de las que hablamos son las del 'Keniata'. Al poco tiempo descubrimos que teníamos mucho más público femenino del que esperábamos, en parte porque las páginas del álbum de la semana atraen a todo el mundo, en parte porque la página de pasatiempos y humor les gustó especialmente. Así que decidimos incluir precisamente en esa página una sección llamada, lógicamente, 'El Rey de Kenia'. La iniciativa funcionó y la foto del maromo de turno fue ganando espacio hasta tener página propia, justamente enfrentada con la de pasatiempos.
Bien. Si se nos acusa de sexistas porque la chica sale en la contraportada y el chico en una página interior, teniendo en cuenta que en torno al 80% de nuestros lectores son hombres... sinceramente, quiero pensar que no hilaron tan fino, sino que simplemente consideran dañino este tipo de producto por utilizar el sexo como estrategia de venta. Algo que, por otra parte, hacen desde las tabaqueras hasta los ministerios, pasando por las revistas de divulgación científica. También cabe el matiz del contexto, claro, y es algo en lo que he pensado. Pero pronto me di cuenta de que no podía ser eso, pues nadie nos ha reprochado que haya una sección de pasatiempos con chistes, sudokus o frases célebres, lo cual no creo que tenga mucho que ver con el fútbol.
Creo que de lo que verdaderamente podrían habernos tildado es de burdos. Pero no sólo por vender 'carne' (y ni siquiera mucha, de hecho las fotos de los chicos eran casi siempre más explícitas), sino por el propio concepto de la revista, pensado para un público muy concreto (siempre generalizando, por supuesto): piensa que Cronenberg es una marca de cerveza, considera a Malena Gracia el prototipo de mujer para una aventura (en eso estoy de acuerdo, debe de ser toda una 'aventura') y lo más extenso que ha leído es el prospecto del Frenadol. Sí, ya me vale, cómo me paso y todo eso. Pues sí, teniendo en cuenta que por esta revista me ha faltado al respeto hasta el más cretino del pueblo (efectivamente, me refiero al concelleiro de Xuventude), me concedo el derecho a ponerme a gusto.
En cuanto a lo del gallego... En el número 30 redacté una editorial en la que además de explicar parte de lo anterior, exponía el porqué del uso del castellano: porque podemos. Pero realmente no es sólo por eso. Yo pensaba que sabía hablar y escribir en gallego, pero me he dado cuenta de que no. La Mesa pola Normalización Lingüística me ha puesto en mi sitio y ha decidido que para ser un hablante de tomo y lomo, un pedazo de hablante, vaya, tengo que utilizar una variedad de la lengua que no se habla en ninguna parte del territorio, ni nada que se le parezca. Reintegracionismo, creo que le llamaban antes a esa corriente (ya no es necesario, ahora es simplemente el estándar). La idea consiste en que el gallego nunca debería haber padecido la opresión centralista (del Reino de Castilla primero, de Madrid después), así que se imagina un escenario ficticio en el que no hubiesen existido los siglos oscuros y se elucubra un modelo. Así surge el actual gallego normativo.
Por si el tono no lo deja suficientemente claro, considero esto una soberana estupidez, que sólo contribuye a aumentar el desconcierto entre los hablantes de esta -antes- hermosa lengua. Es el producto de mentes pasadas de rosca, algo así como si creásemos un estándar del castellano suponiendo lo que habría sido sin la influencia del árabe durante la Edad Media, por poner un simple ejemplo.
Así que no, lo admito, no sé hablar ni escribir en gallego. Ya no. Luego prefiero escribir en otra lengua oficial de este territorio, el castellano, de cuyas normas estoy más seguro y que, en caso de duda, me ofrece un fiel aliado en la figura de la Real Academia Española, una de las pocas instituciones que merecen mi absoluto respeto. La antítesis de esa casita de muñecas de alterne (que diría Sabina) que es la Mesa pola Normalización Lingüística.

Cortejo Nº 27

-Sonríe. Estás radiante cuando sonríes.
-Soy una mujer liberada,
sonreiré cuando lo desee,
no por complacer a tu mirada.
>Me encanta cuando te pones lírica
(imbécil desagradecida).

Gilipollas y gilipollos


El otro día (en mi caso, esto comprende desde el big bang hasta ayer, dado que, si no es hoy, obviamente es 'otro día') me vi inmerso sin forzarlo en una discusión acerca de la conveniencia de remarcar con el género de las palabras las diferencias de sexo. Seré más concreto: la cuestión era si en una cierta información se debía escribir, pongamos por caso, pontevedreses y pontevedresas o únicamente pontevedreses. Quien enunciaba la cuestión aseguraba que el lenguaje es machista y uno, aunque de natural comedido, es incapaz de escuchar semejante declaración y permanecer inmutable.
Ante todo, considero que incluso cuando el lenguaje se convierte en un arma para la discriminación, lo verdaderamente machista no son las palabras, sino el uso que de ellas se hace. Nuestro idioma (en otros esta cuestión queda prácticamente fuera de discusión por la ausencia de flexión de género) posee tal exuberancia formal que los adalides de lo políticamente correcto (manda huevos que llamen correcto a lo que debería llamarse tibio, moderado, manso o, en el peor de los casos, hipócrita) encuentran en él un perfecto subterfugio para eludir y ocultar los debates realmente necesarios.
Ya he dicho alguna vez que los mismos motivos que llevan a un colectivo que no voy a mencionar (a ver qué falta les hace la publicidad a las feministas crispadas) a exigir que se reconozca el derecho de, por ejemplo, una licenciada en medicina, a ser llamada médica en lugar de médico, son los mismos que me permiten elevar mi voz airadamente para solicitar que, de ahora en adelante, se me llame periodisto, jefo de prensa o gilipollos. En un alarde de perspicacia sin igual he llegado a deducir que la terminación '-o' es la causante de todo este revuelo pues no es, como yo -ingénuo- creía, marca de género masculino o neutro, por más que los estudios serios sobre la evolución de la lengua castellana expiquen que tanto el '-us' (masculino) como el '-um' (neutro) acaben derivando en una forma común.
Me doy por cenvencido, la 'o' final no es más que el perverso resultado de siglos de represión de una sociedad falócrata, que pretende denigrar a las mujeres a través de lo más humano, el habla. Da igual que la Iglesia siga privando al las portadoras de los cromosomas XX de innumerables derechos que sí reconoce, sin ir más lejos, la Constitución Española. No importa que los ejemplares machos de esta decadente especie perciban retribuciones mayores que las hembras por la misma actividad laboral. Lo verdaderamente sangrante es que a una señora con toga le llamen juez y no jueza, ¡pero qué se creen estos cerdos machistas!
El caso anterior es sin duda el que mejor ilustra lo absurdo de esta situación. Juez, en singular, carece por completo de cualquier signo identificable como marca de género y, en plural, añade como vocal de unión una aparentemente aséptica '-e'. No obstante, acaba surgiendo e imponiéndose entre la connivencia de los ignorantes y el silencio de los débiles de espíritu la forma 'jueza'.
Pero volvamos con nuestra amiga la 'e'. Se han aceptado sin rechistar los femeninos jefa, presidenta, regenta e incluso clienta. Pero, al menos por el momento, no sucede lo mismo con estudianta, pacienta, indigenta, videnta o pelela. Comprendo que el hábito no hace al monje pero sí modifica el idioma, pero de ahí a aceptar que estas variaciones sean preferibles a las formas tradicionales media un abismo.
El criterio de economía lingüística queda soslayado cuando leemos algo así: "los espectadores y las espectadoras quedaron maravillados y maravilladas con las actuaciones de los actores y las actrices". Se trata, claro está, de un texto tan farragoso y plagado de palabras que no aportan nada a la narración que cualquiera puede ver lo absurdo de este planteamiento.
Que gallego tenga una acepción peyorativa en determinados lugares de latinoamérica; que no encuentre un sinónimo más adecuado para la palabra moro; que cerdo, pájaro, lagarto, perro, lobo, gato, etc. tengan connotaciones diferentes en el lenguaje coloquial según si se usan en masculino o en femenino (¿debería decir en femenina?) es el sedimento de los usos y costumbres que el paso de los siglos ha ido dejando en nuestra lengua y no se puede pretender borrarlos de un plumazo como si nunca hubiese pasado nada, como si no tuviésemos historia. Ya se sabe la condena que espera a los pueblos que olvidan lo que han sido.