
Mientras apuntaba en la ficha de anotación algún gol, tarjeta o exclusión del partido entre el Teucro y el Antequera de Liga Asobal de balonmano, noté la vibración que avisa de un nuevo mensaje en el móvil. Suelo llevarlo silenciado porque entre mis múltiples manías destaca un odio profundo e irracional hacia los tonos, politonos y gilitonos.
Sólo mi padre tiene el hábito de enviarme fotos como archivos adjuntos, pero es que además esperaba la buena nueva. Nuestra perra, Luna, había dado a luz a su segunda camada, y esta vez sí pensaban quedarse con uno de los cachorros. Hasta el domingo al mediodía no los llamé, y fue entonces cuando me enteré de que, como la primera vez, había engendrado cuatro peluches animados. Pero dos habían muerto. Por suerte, los otros sobrevivieron.
Cuentan que fue un parto complicado, tanto que hubo que recurrir a la cesárea. Uno salió ya sin vida, otro apenas aguantó unas horas. Los dos restantes, fuera de peligro, pero afectados de muy distinta manera por el parto. El macho, el primero en nacer, tiende a la modorra, y sospecho que será un poco como Platero, "tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos...". La hembra, en cambio, sufrió mucho más y vive en un permanente estado de agitación. Estrés postraumático, supongo.
Afortunadamente no lo recuerdo, claro, pero he escuchado tantas veces la historia que puedo llegar a sentir la angustia como si la viviera en el momento presente. Me refiero a mi nacimiento, que también debería haber sido por cesárea. El médico no lo consideró necesario y el precio de su decisión fue tener que recurrir, ya in extremis, a la ventosa (sí, el mecanismo es exactamente tan desagradable como parece) y, por supuesto, al bisturí sin demasiadas sutilezas.
Mi abuela me ha descrito cientos de veces la reacción de mi padre cuando me vio por primera vez: "Qué feo es", opinó el doble de Paul Newman, a lo que Luisa (mi 'mamá-bis') replicó que "un hijo nunca es feo". Aunque imagino que, ciertamente, aquella criatura con el cráneo abombado y la piel morada de la congestión no era precisamente la idea que uno se hacía de los recién nacidos viendo anuncios de pañales por la tele.
Dicen que he tenido mucha suerte, que podría haber muerto, o sufrido daños cerebrales irreparables. Tonterías. De los cachorros muertos nadie se acordará en cuestión de días, pero si yo no hubiese superado el parto, nada habría podido mitigar semejante dolor. Aquel 15 de enero quienes tuvieron verdadera fortuna fueron mis padres.
domingo, 23 de noviembre de 2008
Suerte
martes, 17 de junio de 2008
¿De tal palo tal astilla?

Había planeado visitar a mis padres el pasado fin de semana, pero el domingo por la mañana mi madre me llamó por teléfono y dijo en tono ‘Stanislavski’: “Papá está en el hospital, le subió mucho la tensión y empezó a sangrar por la nariz; se va a quedar en la UCO, pero no te preocupes, está bien”. Quedamos en el que al día siguiente iría a verlo en el breve horario de visitas de la unidad, pero no contaba con que, mientras yo tomaba asiento en el ferry de Cangas a Vigo, él recibía el alta y llamaba a mi abuelo para que fuese a buscarlo. Después, contactó conmigo para advertirme, tarde, de que no hacía falta que fuese. Decidimos volver juntos y, al llegar a casa, hicimos todas esas cosas que solemos hacer cuando estamos juntos porque nos cuesta horrores charlar sin más de nuestras vidas: ver sus nuevas maquetas, comprobar la solidez de las últimas reformas, probar algún videojuego de ordenador…
Si seguís habitualmente la serie ‘House’, seguramente habréis visto que, cuando la sintomatología de un paciente es más inclasificable que la carrera musical de Bjork, casi siempre surge la cuestión: ¿podría ser lupus? Esta rara enfermedad autoinmune afecta mayoritariamente a mujeres y puede manifestarse de muy diferentes maneras. En el caso de mi padre, al principio fue diagnosticado de colagenosis, ya que apreciaron un defecto en la síntesis de colágeno. Por ese motivo, a pesar de tener un índice bajísimo de colesterol, llegó a sufrir una trombosis provocada, probablemente, por el desprendimiento del propio tejido que forma los vasos sanguíneos. Actualmente, recibe una pensión, ya que ha quedado incapacitado para trabajar, aunque la Consellería de Sanidade considera que sólo al 50%, por lo que, sin mediar mejoría, en la segunda revisión del caso decidió cambiar la invalidez absoluta concedida en primera instancia por la total que, aunque parece lo mismo, supone exactamente la mitad de la prestación .
Mi padre asegura que este tipo de injusticias son precisamente las que provocan sus crisis, pero, aunque puede que esta ocasión no le falte razón (semanas antes había perdido la última apelación), lo cierto es que necesita entre poco y nada para alterarse hasta el punto de perder los papeles. No me malinterpretéis, no quiero decir que no le tenga un gran cariño, ojo, pero estoy convencido de que, si no fuese por mi madre, ahora mismo yo sería un auténtico hijo de puta amargado y tocapelotas. Siempre se habla del drama que para un niño supone la separación de mis padres; yo, en cambio, me pasé toda mi infancia pensando cómo coño era posible que mi madre aguantase a una persona que a mí me resultaba tan insoportable.
Habría que preguntarle a ella, ya que ahora yo apenas paso tiempo en su casa, pero quiero quedarme con la sensación de que, al verse tan débil por momentos, decidió tomarse la vida con más calma y ser un poco más transigente. A decir verdad, todos sus defectos podrían resumirse en su rigidez y su incontinencia verbal-gestual hacia nosotros. Por lo demás, es la clase de persona que, desde fuera, es sencillo admirar: carismático, simpático, habilidoso, enérgico, polifacético… Cuesta trabajo creer que, cuando hablamos de alguien con tantas y tan buenas cualidades, su propia esposa me recuerda una y otra vez: “procura no acabar siendo como él”. Los dos lo queremos incondicionalmente, pero seguro que si sigo el consejo de mi madre lo agradecerán mi salud y la de mis allegados.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Madres o la ternura como fuerza coercitiva

-¿De qué quieres el bocadillo?
-No sé, depende, ¿qué hay?
-Tienes chorizo, queso, pechuga de pavo… ah, y hay también jamón del que nos trajo el vecino cuando volvió de Salamanca.
-Mmm, creo que prefiero pavo y queso.
-Queso queda muy poco, no sé si te dará.
-Bueno, pues pavo solo.
-Pero el jamón está muy bueno, ¿no quieres probarlo?
-Mejor en otro momento.
-En otro momento a lo mejor ya no hay, ya sabes como es tu padre.
-Pues da igual, si no queda cuando me apetezca me voy al súper y compro más.
-Ya, pero no es lo mismo, éste es de casa y está muy bueno.
-Vale, probaré el (puto) jamón.
-Pero puedes hacer lo que quieras, que lo dices como si te estuviera obligando.
