
Leo en la edición digital de El País que "el Gobierno francés ha rechazado conceder la ciudadanía a un residente por haber obligado a su mujer a cubrirse con el velo islámico integral" y algo me hace pensar que, por alguna parte, hay gato encerrado en esta información, sobre todo cuando leo lo siguiente: "La medida llega una semana después de que un comité parlamentario propusiera una prohibición parcial de los velos integrales . Además, la iniciativa recogía que se rechazaran los permisos de residencia y ciudadanía a quien mostrara signos visibles de prácticas religiosas radicales".
Efectivamente, unas líneas más abajo descubro que, según un comunicado emitido por Inmigración, "se hizo evidente durante la investigación rutinaria y en la entrevista previa que esta persona estaba obligando a su mujer a llevar un velo de cuerpo entero, lo que la privaba de su libertad para ir y venir con la cara descubierta, y rechazó los principios de secularismo e igualdad entre hombres y mujeres".
La clave del asunto está en la expresión "se hizo evidente", que no es exactamente lo mismo (sospecho que es más bien lo contrario) que decir que la propia mujer denunció una situación de sometimiento. La decisión gubernamental implica, por lo tanto, que el estado puede intervenir 'motu proprio' -sin que medie denuncia previa- obviando, por lo tanto, el deseo personal de un determinado individuo, no el que maltrata (no cuestiono que quien incumple las normas de convivencia deba ser perseguido con todos los medios disponibles), sino el supuestamente maltratado.
Libertad individual
Digo supuestamente, exponiéndome a que me tilden de fundamentalista islámico o machista recalcitrante, para remarcar mi recelo frente a la potestad de un estado para decidir que alguien necesita su ayuda sin que ésta haya sido solicitada. Más aún cuando la justicia francesa ha dado muestras anteriormente de lo que, a mi juicio, es una intromisión inadmisible en la vida de las personas con sentencias como la que refiere El País en la misma noticia: "En 2008, un tribunal negó la ciudadanía a una mujer marroquí alegando que su práctica islámica "radical" era incompatible con los valores franceses".
Así pues, la discusión no se centra en los derechos humanos, sino en si es razonable una ley concreta que, amparada en un presunto espíritu progresista, promueve un recorte flagrante de las libertades. Lo hace basándose en dos ideas: no se deben mostrar signos visibles de prácticas religiosas "radicales" y no se puede optar al derecho de ciudadanía si se realizan prácticas incompatibles con los "valores franceses". La pregunta es obligada: ¿Quién decide qué es radical y qué no lo es?
Freno al entendimiento
Me pregunto si a nuestros vecinos les entrará también la risa floja cuando los periodistas los abordan por la calle, micrófono en mano y serio el gesto, preguntándoles acerca de los "valores franceses". Por si alguien aún no ha percibido cuánto de reaccionario hay en esta medida, planteo una cuestión: si se niega la nacionalización al extranjero que no comulga con dichos valores, ¿qué sucede cuando los 'subversivos' son franceses de derecho? ¿Se les priva de su nacionalidad?
El peligro de prohibir un determinado símbolo es que las ideas subyacentes tienden, precisamente, a radicalizarse, en tanto que retroceden a sus raíces más profundas en un intento desesperado por sobrevivir. La convivencia debería basarse en la aceptación mutua de los símbolos de culturas diferentes, no en la prohibición de los mismos. Aun cuando, además de los velos, se prohibiesen también los crucifijos y los kipás en aras de una pretendida equidad, la medida no serviría más que para seguir cerrando puertas al diálogo y el entendimiento.
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miércoles, 3 de febrero de 2010
Valores franceses
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