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martes, 26 de abril de 2011

El burgués está triste

Los hay que se dejan vivir, día tras día,
Como se deja morir el que pierde
Su capital en inversiones avaladas
Por el Banco Mundial, Benedicto XVI
Y hasta John Maynard Keynes.

Los hay que disfrazan de misantropía
El asco que sienten al verse al espejo,
Pues hiere más hondo una radiografía
Desnuda de excusas y condicionantes
Que el odio al reflejo en la masa sin forma.

¡Ay!, el pobre burgués de la boca de rosa
Preso en sus oros, preso en sus tules,
No tiene el valor de apretar el gatillo
Y abonar tras un mutis honesto y discreto
La tierra sembrada de huesos y aullidos.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Suerte


Mientras apuntaba en la ficha de anotación algún gol, tarjeta o exclusión del partido entre el Teucro y el Antequera de Liga Asobal de balonmano, noté la vibración que avisa de un nuevo mensaje en el móvil. Suelo llevarlo silenciado porque entre mis múltiples manías destaca un odio profundo e irracional hacia los tonos, politonos y gilitonos.
Sólo mi padre tiene el hábito de enviarme fotos como archivos adjuntos, pero es que además esperaba la buena nueva. Nuestra perra, Luna, había dado a luz a su segunda camada, y esta vez sí pensaban quedarse con uno de los cachorros. Hasta el domingo al mediodía no los llamé, y fue entonces cuando me enteré de que, como la primera vez, había engendrado cuatro peluches animados. Pero dos habían muerto. Por suerte, los otros sobrevivieron.
Cuentan que fue un parto complicado, tanto que hubo que recurrir a la cesárea. Uno salió ya sin vida, otro apenas aguantó unas horas. Los dos restantes, fuera de peligro, pero afectados de muy distinta manera por el parto. El macho, el primero en nacer, tiende a la modorra, y sospecho que será un poco como Platero, "tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos...". La hembra, en cambio, sufrió mucho más y vive en un permanente estado de agitación. Estrés postraumático, supongo.

Afortunadamente no lo recuerdo, claro, pero he escuchado tantas veces la historia que puedo llegar a sentir la angustia como si la viviera en el momento presente. Me refiero a mi nacimiento, que también debería haber sido por cesárea. El médico no lo consideró necesario y el precio de su decisión fue tener que recurrir, ya in extremis, a la ventosa (sí, el mecanismo es exactamente tan desagradable como parece) y, por supuesto, al bisturí sin demasiadas sutilezas.
Mi abuela me ha descrito cientos de veces la reacción de mi padre cuando me vio por primera vez: "Qué feo es", opinó el doble de Paul Newman, a lo que Luisa (mi 'mamá-bis') replicó que "un hijo nunca es feo". Aunque imagino que, ciertamente, aquella criatura con el cráneo abombado y la piel morada de la congestión no era precisamente la idea que uno se hacía de los recién nacidos viendo anuncios de pañales por la tele.
Dicen que he tenido mucha suerte, que podría haber muerto, o sufrido daños cerebrales irreparables. Tonterías. De los cachorros muertos nadie se acordará en cuestión de días, pero si yo no hubiese superado el parto, nada habría podido mitigar semejante dolor. Aquel 15 de enero quienes tuvieron verdadera fortuna fueron mis padres.

jueves, 23 de octubre de 2008

El peso del vínculo


Antes incluso de que su hijo hubiese nacido, supo que había cometido el mayor error de su vida. Sintió vértigo cuando sostuvo en su regazo, por primera vez, aquel cuerpecillo que era la imagen misma de la Fragilidad, ligeramente deformado el cráneo, constreñido el gesto por el trauma del parto, herido por una sensibilidad que no había elegido y de la que ya nunca se desprendería.

Treinta y dos años, siete meses y cuatro días después, los cadáveres de ambos eran preparados para su confinamiento en nichos contiguos del cementerio. Los periódicos locales redujeron a banales esquelas lo que había sido el acontecimiento más trascendental del pueblo en toda su historia.

Al hijo lo encontraron suspendido de una rama del roble centenario que resguarda la iglesia parroquial. La violencia de la caída le había destrozado las vértebras, los músculos empezaban ya a distenderse para siempre, los párpados yacían levemente entreabiertos como último recuerdo de que el cuerpo había guardado alguna vez un alma en su interior.

El padre se había encargado de todos los trámites. Consoló a la madre, recibió con frialdad las condolencias de familiares lejanos de quienes no tenía noticias desde hacía mucho tiempo y coincidió con estos en que, efectivamente, era una pena que sólo se reuniesen en circunstancias tan sumamente tristes. Esa noche se murió tal y como había vivido, con dignidad y sin hacer ruido. Besó a su esposa en la frente -“gracias”- dijo, y cerró los ojos para no volver a abrirlos jamás.

Los vecinos hablaban con lástima del drama familiar. “Se murió de pena, el pobre”, decían forzando el llanto, y alababan desmesuradamente las virtudes de los difuntos.

El día en que apretó por primera vez contra su pecho a aquella criatura nacida para el dolor de vivir, el padre comprendió que no quedaba otra salida que el asesinato. Sintió pánico al imaginar todo el sufrimiento gratuito que aguardaba a ese ser inocente, pero no tuvo valor para acaba con su vida.

¿Cómo iban a imaginar los vecinos de aquel pequeño pueblo que el día en que el hijo fue hallado muerto le había dado al padre su único momento de paz en muchos años? Aquel a quien había condenado a la vida le daba, en una muestra de infinito amor, la anhelada oportunidad de morir. Después de tantos años, había comprendido al fin a su padre. “Te perdono”, dijo al precipitarse al vacío. “Gracias”, fue la respuesta.

jueves, 19 de junio de 2008

Kitos


Hay personas que se llevarán el diminutivo a la tumba. Marcos Blanco, Kitos, es uno de ellos. En mi segundo día de prácticas en Diario de Pontevedra, hace ya cuatro veranos, se sentó a mi lado un chico de aspecto bonachón, sonrisa franca y voz rasgada. “Hola, tú eres Andrés, ¿verdad? Yo soy Marcos” –me dijo mientras me propinaba un firme apretón de manos- “para cualquier cosa que necesites o cualquier duda que tengas, aquí estoy.”

Tiempo después me confesó que, debido a la impresión que le había causado en aquellos primeros días en los que me esforzaba por pasar lo más inadvertido posible, se había formado una idea completamente diferente de la que hoy por hoy tiene de mí. Él, en cambio, sigue pareciéndome exactamente la misma persona que me tendió la mano con fraternal confianza cuando todavía éramos unos absolutos desconocidos.

Ahora mi AMIGO vive en Madrid, trabaja en un periódico semanal (Gente) y comparte su vida con Patri, otra periodistaza de tomo y lomo, de esas a las que puedes soltar desnudas en el desierto sabiendo que en dos semanas te la encontrarás en España presentando su nuevo libro: ‘Cómo sobrevivir en el desierto (y volver para contarlo)’. Aunque sé que para Kitos su novia es, sobre todo, su ancla con la realidad y con la versión más productiva de sí mismo; su tabla de salvación.

Antes de echarle criadillas a la vida y colgarse la mochila al hombro destino ‘vayausteasaber’, Marcos compartió conmigo casa (es un decir) en Pontevedra (otro decir). Desde fuera parecía efectivamente una vivienda, pero en realidad era una trampa mortal de frío y humedad; sin calefacción, por supuesto, y con menos presión de agua que un flato de Jesús Mariñas. Y tampoco estaba precisamente en el centro de la ciudad, sino en una aldea del extrarradio llamada Lérez, aunque bien podían haberle llamado ‘Atomarporculolandia’.

Durante los meses que vivimos juntos tuvimos tiempo para fabricar anécdotas para ir tirando durante varios años. Allí rompimos la cama que usábamos de sofá cosquilleando a cuatro manos a Tati (ya célebre en este blog); fuimos al gimnasio casi todos los días sólo para poder ducharnos sin tiritar; aprendimos a dar toques al balón sin que se cayese en un espacio de 2X2 metros; descubrí que los gemidos de cierta partenaire suya eran imposibles de contrarrestar aun subiendo el volumen a la radio; comprobé que, en plena coyunda, se puede sonreír por la ventana a la gente que pasa con toda naturalidad…

Kitos es, usando una expresión de ese otro crack llamado David Acevedo, esa persona a la que matarías 100 veces y resucitarías 101. Uno aprende rápidamente a convivir con su impuntualidad o sus despistes, pues es fácil darse cuenta de que no es una persona tierna, él inventó la ternura. Por eso echo tanto de menos a ese maldito cabronazo. Por eso y porque sus imitaciones de Nino Mirón (presidente del Pontevedra C.F.) y del Fary cantando temas de Eminem, U2 o los Beatles provocan síndrome de abstinencia: “¡¿Dónde está mi china?!”

martes, 27 de mayo de 2008

Cinco nombres tiene mi gato


El próximo 28 de octubre se cumplirá el segundo aniversario de la muerte de mi abuelo materno, Francisco Santos, a quien nadie conocía por ese nombre, sino por ‘Chuco’. Él mismo se encargó en numerosas ocasiones de explicarme que “cinco nombres tiene mi gato: Francisco, Paco, Farruco, Chuco y Pancho (que me disculpe si he alterado el orden en la relación)”. Si alguien objetase que hay aún más variantes (Kiko, por ejemplo), él seguramente habría contraatacado con alguna mofa totalmente fuera de contexto, consciente de lo poco que necesitaba para ganarse el favor del público y, en consecuencia, dar por ganada la batalla.

Lo que realmente le importaba no era la absoluta veracidad del relato, sino el encanto formal del discurso (‘se non è vero, è ben trovato’). De haber nacido en otra época o en otro lugar, estoy seguro de que habría sido un artista; de profesión, quiero decir, pues incluso a despecho de las adversas circunstancias hizo del humor su oficio y su legado imperecedero.

Como Mowgli, creció en una selva: la España de la Guerra Civil y del régimen franquista, así que pronto no le quedó más remedio que buscar sustento para su familia trepando a los pinos. Mientras, los tigres, en lugar de devorar a sus víctimas, optaban por la (nauseabunda) sutileza de los ‘paseos’. Trabajó en la conservera Massó, a la que dedicó la mayor parte de su vida laboral y donde se dejó la salud de unos pulmones a los que no se les dio la oportunidad de elegir el oxígeno en lugar del amoniaco.

En su tiempo libre fue pescador, carpintero, albañil, ingeniero y, sobre todo, compositor. Nada tenían que envidiar sus canciones al arte del que tanto presumen al sur de Despeñaperros, quizá no en técnica, pero sí en gracia (¿y no es ese el objetivo?). En mi familia, casi todos podemos recitar alguna estrofa suya, aunque me atrevo a aventurar que nadie recuerda ninguna composición íntegra. Él las cantaba casi todas justo antes de morir, con más de 80 años en la mochila y varios accidentes cardiovasculares en su historial clínico. Los médicos decían que su cerebro era como un queso de gruyere debido a las lesiones. En ese caso, no hay duda de que su lengua era una trampa para ratones.

“Ni eres rica, ni eres pobre,
Ni eres buena, ni eres mala,
Pero tienes un defecto…”

Es la fórmula que se repite en uno de sus más divertidos ‘romances’. Desde muy pequeño recuerdo ver a mi abuela riendo hasta llorar cuando Chuco, en uno de los momentos de mayor euforia de su ‘espectáculo’, anunciaba el gran momento: “Os voy a enseñar una canción muy bonita, que Luisa siempre se enfada cuando la canto porque cree que es por ella”. Ahí se ganaba la primera colleja de su prójima, lo que no hacía sino espolearlo aún más. Los últimos versos son sencillamente geniales (y espero que las feministas que lean esto tengan en cuenta el contexto antes de poner el grito en el cielo):

“…Pero tienes un defecto,
No me sirves en la cama,
Sólo quieres mi dinero
Y no quieres mi banana”.

Mi abuela, claro está, no se callaba y replicaba: “habrá que ver quién no le sirve a quién en la cama”. Siempre supo ceder a su marido el protagonismo que él necesitaba tanto como respirar, y ello sin renunciar a su propia identidad. Viéndolos juntos me di cuenta de que sólo es posible amar de verdad a quien se admira profundamente. En las miradas cómplices que se dedicaban incluso en los más duros de sus últimos días juntos (sospecho que a ella le gustaría que añadiese el adjetivo ‘terrenales’) encontré más ternura de la que podría soñar en toda mi vida, y ése es un regalo que jamás podré agradecerles como merecen: la fe en el amor incorruptible.