Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de junio de 2011

De la lealtad y la elegancia



La última parte de la entrevista con Monica Bellucci publicada en el número 1234 del suplemento XL Semanal contiene interesantes reflexiones acerca de la fidelidad, la lealtad y la elegancia como un estilo de vida más allá de la superficie. Poco voy a aportar de mi cosecha, porque si hubiésemos desarrollado la teoría codo con codo el resultado no habría sido más parecido.

"Monica considera que «una puede apasionarse por un hombre perfectamente detestable, pero eso no tiene nada que ver con una relación profunda, auténtica. En una relación de este tipo, la pasión sigue dándose, pero hay otras cosas más importantes: la confianza, el respeto, saber que tu hombre es leal… Y aquí no estoy hablando del sexo, sino que me refiero a la seguridad de que él va a estar a tu lado cuando lo necesites. Lo que para mí resulta más importante que la simple fidelidad al uso».
Entiendo que estamos adentrándonos en terreno pantanoso. ¿Me está diciendo que la fidelidad, en el plano sexual, no es importante? Monica de nuevo se encoge de hombros y prosigue, con expresión de no dar mucha importancia al asunto: «Sería ridículo exigirle fidelidad a mi hombre si no estoy a su lado durante dos meses. No tendría sentido preguntarle qué ha estado haciendo o a quién ha estado viendo. Es más realista y adulto considerar que lo principal es otra cosa: que estará conmigo cuando nos veamos».
Entiendo que lo que dice es que, dada la infidelidad, ella valora la discreción, pero Bellucci niega con la cabeza y apunta: «No. Estoy hablando de la lealtad y, de lo más importante de todo, de la elegancia». Monica repite esta palabra varias veces y explica su significado. Para Bellucci, la elegancia no tiene que ver solo con el corte preciso de un vestido, sino que es una forma de estar en el mundo, una manera de vivir el presente. La intuición de que, si las cosas funcionan bien cuando ambos están juntos, nada más tiene importancia. Aunque quizá, como decía al principio, una siempre tiene que ceder en algo."

Eleanor Mills
XLSemanal

martes, 16 de febrero de 2010

Estimada I.:


Ni en mis más optimistas ensoñaciones habría imaginado que su consejo podía traerme tantas y tan inesperadas satisfacciones. Hablé con T., como sugirió en nuestra última conversación, y la encontré incluso más solícita de lo que usted había aventurado. Aceptó una primera cita en la catedral, entre confesiones anónimas y peregrinos sudorosos, lo cual me hizo pensar que, probablemente, si me la hubiese llevado a una sala X, como Travis a Betsy, no habría opuesto resistencia alguna.

Para mi sorpresa, al igual que usted (no malentienda el tono de la comparación), T. mostró de inmediato su predilección por el cine como tema de conversación, lo cual -por qué negarlo- no sólo precipitó los acontecimientos sino que también evitó molestos equívocos. Fue ella quien sugirió que, si me complacía, podía llamarla Cécile cuando hiciésemos el amor. Lo hizo susurrando, mientras de fondo creo que recordar que se escuchaba “cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”.

La coincidencia le parecerá cómica, cuando no un mero embuste, pero le aseguro que fue exactamente cómo se lo he relatado y que, desde ese preciso instante, no pude apartar de mi mente la imagen T. de rodillas sobre el lodo, con el pelo enfangado y la cabeza ligeramente hundida en un charco, la espalda arqueada y el culo en pompa, y ese gran ojo mirándome desafiante. Esa pretendida inocencia, tan seductora para usted, se me apareció de pronto ficticia y un tanto pueril, pero quizá por ello tanto más excitante.

Soy consciente de que, antes incluso de que T. y yo nos conociésemos, usted misma se recreaba constantemente con esa imagen, aunque no alcanzaba a ver con nitidez cuál era su lugar, si el de la gran masturbadora omnipotente o el de la mujer desprendida de todo pudor, recreándose en el delicioso instante previo a la penetración, toda ella sujeto de seducción en un sentido plenamente biológico.

Solamente alcancé a comprender con claridad la situación cuando desnudé a T. en el sofá de mi estudio, me arrodillé en el suelo y separé suavemente sus piernas. Me detuve en ese momento, disfrutando por primera vez de un atisbo de auténtica turbación en su rostro, prolongué la situación, contemplándola, ahora sí, verdaderamente desnuda. Y a medida que acercaba mis labios a su sexo entendí que era justo ahí donde usted había deseado estar desde el principio.

Habría sido muy considerado por mi parte asumir con naturalidad el cambio de personaje ante esta revelación y hacerle entender que la dulzura con la que siempre he actuado con usted es en realidad lo que ella anhelaba y que, desde ese momento, estaría preparada para desprenderse de las reservas que, estoy convencido, había mostrado previamente para entregarle su cuerpo. En lugar de eso, alcé la vista hacia sus ojos, mirándola fijamente durante largo tiempo, me abalancé sobre ella y la penetré sin contemplaciones.

Ya lo ve, querida I., no era una simple jovencita desorientada esperando una mano tendida que la alejase del mundanal ruido rumbo al país encantado de Oz. Nuestra Dorothy se rindió no al mago ni a la bruja, sino al pusilánime espantapájaros. Y en ello encontré un placer tan liberador como nunca antes había conocido y al que no estoy dispuesto a renunciar. Usted misma había dicho que lo nuestro violaba las convenciones de su profesión, así que, si tiene a bien notificarme cuánto le debo por las últimas consultas y una vez abonado el importe, puede considerarme en adelante su ex paciente. Mi más sincera gratitud.

jueves, 23 de octubre de 2008

El peso del vínculo


Antes incluso de que su hijo hubiese nacido, supo que había cometido el mayor error de su vida. Sintió vértigo cuando sostuvo en su regazo, por primera vez, aquel cuerpecillo que era la imagen misma de la Fragilidad, ligeramente deformado el cráneo, constreñido el gesto por el trauma del parto, herido por una sensibilidad que no había elegido y de la que ya nunca se desprendería.

Treinta y dos años, siete meses y cuatro días después, los cadáveres de ambos eran preparados para su confinamiento en nichos contiguos del cementerio. Los periódicos locales redujeron a banales esquelas lo que había sido el acontecimiento más trascendental del pueblo en toda su historia.

Al hijo lo encontraron suspendido de una rama del roble centenario que resguarda la iglesia parroquial. La violencia de la caída le había destrozado las vértebras, los músculos empezaban ya a distenderse para siempre, los párpados yacían levemente entreabiertos como último recuerdo de que el cuerpo había guardado alguna vez un alma en su interior.

El padre se había encargado de todos los trámites. Consoló a la madre, recibió con frialdad las condolencias de familiares lejanos de quienes no tenía noticias desde hacía mucho tiempo y coincidió con estos en que, efectivamente, era una pena que sólo se reuniesen en circunstancias tan sumamente tristes. Esa noche se murió tal y como había vivido, con dignidad y sin hacer ruido. Besó a su esposa en la frente -“gracias”- dijo, y cerró los ojos para no volver a abrirlos jamás.

Los vecinos hablaban con lástima del drama familiar. “Se murió de pena, el pobre”, decían forzando el llanto, y alababan desmesuradamente las virtudes de los difuntos.

El día en que apretó por primera vez contra su pecho a aquella criatura nacida para el dolor de vivir, el padre comprendió que no quedaba otra salida que el asesinato. Sintió pánico al imaginar todo el sufrimiento gratuito que aguardaba a ese ser inocente, pero no tuvo valor para acaba con su vida.

¿Cómo iban a imaginar los vecinos de aquel pequeño pueblo que el día en que el hijo fue hallado muerto le había dado al padre su único momento de paz en muchos años? Aquel a quien había condenado a la vida le daba, en una muestra de infinito amor, la anhelada oportunidad de morir. Después de tantos años, había comprendido al fin a su padre. “Te perdono”, dijo al precipitarse al vacío. “Gracias”, fue la respuesta.

martes, 27 de mayo de 2008

Cinco nombres tiene mi gato


El próximo 28 de octubre se cumplirá el segundo aniversario de la muerte de mi abuelo materno, Francisco Santos, a quien nadie conocía por ese nombre, sino por ‘Chuco’. Él mismo se encargó en numerosas ocasiones de explicarme que “cinco nombres tiene mi gato: Francisco, Paco, Farruco, Chuco y Pancho (que me disculpe si he alterado el orden en la relación)”. Si alguien objetase que hay aún más variantes (Kiko, por ejemplo), él seguramente habría contraatacado con alguna mofa totalmente fuera de contexto, consciente de lo poco que necesitaba para ganarse el favor del público y, en consecuencia, dar por ganada la batalla.

Lo que realmente le importaba no era la absoluta veracidad del relato, sino el encanto formal del discurso (‘se non è vero, è ben trovato’). De haber nacido en otra época o en otro lugar, estoy seguro de que habría sido un artista; de profesión, quiero decir, pues incluso a despecho de las adversas circunstancias hizo del humor su oficio y su legado imperecedero.

Como Mowgli, creció en una selva: la España de la Guerra Civil y del régimen franquista, así que pronto no le quedó más remedio que buscar sustento para su familia trepando a los pinos. Mientras, los tigres, en lugar de devorar a sus víctimas, optaban por la (nauseabunda) sutileza de los ‘paseos’. Trabajó en la conservera Massó, a la que dedicó la mayor parte de su vida laboral y donde se dejó la salud de unos pulmones a los que no se les dio la oportunidad de elegir el oxígeno en lugar del amoniaco.

En su tiempo libre fue pescador, carpintero, albañil, ingeniero y, sobre todo, compositor. Nada tenían que envidiar sus canciones al arte del que tanto presumen al sur de Despeñaperros, quizá no en técnica, pero sí en gracia (¿y no es ese el objetivo?). En mi familia, casi todos podemos recitar alguna estrofa suya, aunque me atrevo a aventurar que nadie recuerda ninguna composición íntegra. Él las cantaba casi todas justo antes de morir, con más de 80 años en la mochila y varios accidentes cardiovasculares en su historial clínico. Los médicos decían que su cerebro era como un queso de gruyere debido a las lesiones. En ese caso, no hay duda de que su lengua era una trampa para ratones.

“Ni eres rica, ni eres pobre,
Ni eres buena, ni eres mala,
Pero tienes un defecto…”

Es la fórmula que se repite en uno de sus más divertidos ‘romances’. Desde muy pequeño recuerdo ver a mi abuela riendo hasta llorar cuando Chuco, en uno de los momentos de mayor euforia de su ‘espectáculo’, anunciaba el gran momento: “Os voy a enseñar una canción muy bonita, que Luisa siempre se enfada cuando la canto porque cree que es por ella”. Ahí se ganaba la primera colleja de su prójima, lo que no hacía sino espolearlo aún más. Los últimos versos son sencillamente geniales (y espero que las feministas que lean esto tengan en cuenta el contexto antes de poner el grito en el cielo):

“…Pero tienes un defecto,
No me sirves en la cama,
Sólo quieres mi dinero
Y no quieres mi banana”.

Mi abuela, claro está, no se callaba y replicaba: “habrá que ver quién no le sirve a quién en la cama”. Siempre supo ceder a su marido el protagonismo que él necesitaba tanto como respirar, y ello sin renunciar a su propia identidad. Viéndolos juntos me di cuenta de que sólo es posible amar de verdad a quien se admira profundamente. En las miradas cómplices que se dedicaban incluso en los más duros de sus últimos días juntos (sospecho que a ella le gustaría que añadiese el adjetivo ‘terrenales’) encontré más ternura de la que podría soñar en toda mi vida, y ése es un regalo que jamás podré agradecerles como merecen: la fe en el amor incorruptible.

lunes, 19 de mayo de 2008

"Gracias por tu franqueza"

lunes, 12 de mayo de 2008

Invierno, otoño, verano, primavera...


-¿Cómo? ¿Qué es eso de que estás enamorada de otro? ¡Y me lo dices así, sin más! ¿Cómo se supone que tengo que reaccionar?

-Lo siento, de veras, lo último que quiero es hacerte daño. Soy una mala persona, una persona horrible. Comprendo que me odies, yo misma me doy asco.

-¿Odiarte? ¿Es que no te das cuenta de que no podría odiarte jamás? Te quiero, y eso no puede cambiar de la noche a la mañana.

-Tú mereces a alguien mejor, alguien que te valore y te corresponda. Esto es lo mejor para ti, ya lo verás.



-Creo que no me he explicado bien. No quería decir que estés gordo, pero tú también debes haberte dado cuenta de que no estás tan en forma como antes.

-Joder, claro, ya lo sé. Estoy muy ocupado últimamente, no tengo tiempo para ir al gimnasio. Pero si ya no te atraigo no hace falta que te andes con rodeos, ya sé que esas cosas pasan, dímelo claramente, ¿quieres?

-Oooh, cariño, no digas eso, por favor. Claro que me gustas, no tiene nada que ver contigo, soy yo y este estúpido otoño; ojalá se pase cuanto antes. No me odies, por favor. Te quiero tanto…

-No llores, anda. Perdóname por ser tan brusco, mi amor.



-Esto no está bien, y lo sabes. A ti no te gustaría que te hiciesen algo así, ¿verdad? No importa si se lo merecen o no, simplemente no está bien.

-¿Quieres hacerme creer que no me deseas? Vamos, sabes perfectamente como va a acabar esta noche. Es como una especie de imperativo hormonal.

-Me gusta pensar que tengo algo más de autocontrol que un perro, que yo domino a mis impulsos, no ellos a mí.

-¿Y ese bulto? ¿Estás seguro de que sabes quién domina a quién?



-No, en serio, me encanta ese poema; es tan profundo, tan… desgarrador.

-Ya, ¿tú crees? No sé, yo lo encuentro mediocre, falto de inspiración. Estuvo durante un tiempo en la papelera de reciclaje, sabes; faltó muy poco para que me deshiciese de él definitivamente.

-Creo que el problema es que eres demasiado autocrítico. Debes aprender a valorarte más.

-Sí, tal vez, pero si no lo soy yo, ¿quién va a ser autocrítico conmigo?

*Imagen: 'Sansón y Dalila'. - Rubéns

viernes, 18 de enero de 2008

En la vida como en el deporte...


...lo importante es meterla. Es ésta una sentencia que debe ser tomada únicamente como lo que es, un chiste gremial con más de tosco que de ingenioso. Supongo que por eso no deja de hacerme gracia. Qué puedo hacer, será que el espíritu de Bud Spencer sigue vivo en mi corazón.
Todo esto no es más que un pretexto para hablar de la particular relación que me une al club en el que trabajo, el Leis 26 Fútbol Sala Pontevedra. Cada día que pasa soy más consciente de que esta montaña rusa de emociones se parece más a un romance que a un empleo. Si fuese mi novia, mis amigos dirían que no me conviene. Y mi madre, que tengo que ser comprensivo con ella.
Escribo desde un hotel a las afueras de Pamplona, donde mañana jugaremos ante el MRA. Sé que lo más probable desde el punto de vista estadístico e incluso lógico es que tengamos que hacer el camino de vuelta con la amarga sensación de la derrota, pero como en presencia de la persona amada, la razón pasa a menudo a un segundo plano y, al igual que en los 16 partidos anteriores de la temporada, sólo concibo la posibilidad de ganar, por muy potente que sea el adversario.
Me temo que soy lo que llaman un optimista incorruptible, también conocido como 'puto iluso'. Y en el deporte también.

domingo, 6 de enero de 2008

El eterno insatisfecho

Tres-catorce-dieciséis,
no me dejes, sabes bien
que no valgo nada sin pi.

La verdad sobrevalorada

Me dejó rosas sin pétalos
ecuaciones sin equis
y nubes sin cielo.

Al menos tuvo el detalle
de mentirme y despedirse
con un "aún te quiero".

Los inviernos son largos
y once letras y un silencio
dan más calor que una miserable verdad.

"Hay mujeres y luego está Kate"


Estoy preparando una serie de cuadros de estrellas de hollywood (en su mayoría clásicas) así que de vez en cuando dedico algo de tiempo a buscar sus biografías en la red de redes. El asunto es que hace poco escribí 'katharine hepburn' en google y accedí a la segunda entrada, en la wikipedia. Ojeé su filmografía y me detuve en el apartado de curiosidades. La primera de ellas hizo que me recorriera un escalofrío difícil de describir con palabras. Decía así: "Hepburn nunca vio 'Adivina quién viene esta noche' por ser la última película de Spencer Tracy.
Nunca he ocultado que albergo una enorme capacidad de condescendencia para con los desvaríos y las frivolidades de los artistas con mayúsculas. Basta imaginarnos en el lugar de una gran estrella para comprender que muchos se sientan como lo más cercano a Dios en la Tierra (sucede con Ratzinger y, personalmente, sus actuaciones me emocionan bastante menos que las de la Hepburn). Así, aun consciente de su complicado carácter (el de la actriz, claro, el del 'actor' vaticano merece un comentario aparte), o precisamente por éste, enterarme de algo tan profundamente enternecedor se me agarra a las entrañas como un anzuelo y se queda conmigo durante días, a veces meses.
La relación entre Katharine Hepburn y Spencer Tracy está llena de momentos conmovedores, cómicos o dramáticos y da igual si todo lo que se dice es cierto, sólo lo es una parte o si hay más de mito que de realidad. El viejo principio de 'se non è vero è ben trovato' me permite aferrarme a un clavo ardiendo para imaginar los entresijos de una de las parejas con más 'presencia'. No lo digo yo, lo dice la Royal Society of Chemistry británica, según referencia el antedicho artículo: "calificó a la pareja Hepburn-Tracy como la que científicamente tenía más química en la pantalla".
"Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo" (A. Lincoln dixit). Uno puede aprender a fingir sus propios síntomas bioquímicos amorosos y prolongar la ficción eternamente hacia su partenaire o un buen rato hacia el entorno, pero es imposible que todos los que nos emocionamos con las miradas compartidas por Katherine y Spencer seamos víctimas de un engaño de proporciones bíblicas. Es algo que simplemente se percibe, digo yo, es algo que se puede verificar científicamente, diría la Royal Society of Chemistry.
Probablemente el peso del aspecto erótico fuese nulo en esta relación. Acerca de la orientación sexual de Miss Hepburn existe toda clase de rumores más o menos contrastados, algunos de los cuales sugieren incluso que pudieron no llegar a acostarse jamás. Es posible que así fuese, y a más de uno esta concepción del amor puede parecerle truncada (la mayoría de los días me incluyo en este grupo). Pero ella, Katharine "La Arrogante", la actriz más oscarizada de la historia, la que acudió en pijama a la gala de la Academia de 1974, una de las 50 personalidades más influyentes del siglo XX (según la revista Esquire), jamás vio 'Adivina quién viene esta noche'...
Eso es amor, quien lo probó lo sabe.