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miércoles, 26 de noviembre de 2008

Contra la violencia, educación


Pensaba dejar el tema para más adelante pero, tras tener la mala suerte de escuchar a María Teresa Campos pontificando sobre lo terrible de la "violencia de género" en su inconfundible estilo de diva sanchopancesca, creo que tengo que saldar cuanto antes una deuda pendiente con mi bilis.
Lo primero que me ofende es la expresión empleada para referirse a la violencia doméstica. Es ridículo que vengamos (nosotros, el pueblo: no olvidemos que los políticos son sólo brazos ejecutores) de reconocer a los homosexuales su derecho a casarse y continuemos, en cambio, dando por hecho que los malos tratos sólo ocurren en una dirección: de un hombre hacia una mujer. Y aunque así fuese, basta de eufemismos, por favor: las palabras tienen flexión de género, la condición orgánica que distingue a las personas se llama sexo.

Al margen de formalismos lingüísticos, cuyo interés reside únicamente en que revelan un problema general de prejuicios y pudores institucionalizados, el corazón de la cuestión queda casi siempre al margen del debate público. Lo que nos negamos a aceptar es que la violencia, sea del tipo que sea (siempre hablando de relaciones entre adultos), debe ser tratada antes mediante vacunas que recurriendo a remedios a posteriori que no son más que parches. Ahí entra en juego la educación, tanto en los hogares como en los centros de enseñanza. El verdadero germen del maltrato está en las familias y en los colegios, donde se perpetúa la asunción de roles diferenciados por razón de sexo (tradición cultural), sin que haya ninguna razón biológica de peso para ello.
Existe una faceta de la personalidad que tiende a ignorarse o que, en el mejor de los casos, queda relegada a un discreto segundo plano: la autoestima. Educar a un ser humano no es programar un ordenador. En las relaciones sentimentales, el amor propio desempeña un papel esencial, actuando como garante y salvaguardia de un sistema de interdependencia emocional, entendida ésta en su carácter de responsabilidad mutua, pero sin que cada individuo deba ceder su independencia. Al fin y al cabo, la violencia no es más que la verticalización extrema de un esquema de relaciones sociales.

Tanto el sumiso como el dominante manifiestan un déficit de autoestima, por lo que la responsabilidad es, en cierto modo, de ambos. Por eso no se habla sólo del perfil del matratador, sino también del perfil del maltratado. Obviamente, no es políticamente correcto otorgar a la víctima alguna culpa (con todas las connotaciones que la tradición cristiana le confiere al término). Que la víctima sea parcialmente culpable (causante de una determinada situación a través de su conducta) no quiere decir que sea condenable por ello, pero sí muestra una disfunción emocional que debería haber sido corregida previamente.
En el caso de quien ejerce la violencia, la disfunción es muy similar, aunque se manifieste de un modo opuesto. Es por ello, por el tipo de respuesta a su falta de autoestima/autocontrol, por lo que la terapia no es suficiente. Ha roto una norma de convivencia y debe pagar por ello. Pero lo que es más importante es garantizar en la medida de lo posible que no volverá a hacerlo. No es que haya que eliminar el castigo, es que además hay que trabajar en la reeducación del maltratador (no olvidemos que la finalidad principal de nuestro sistema jurídico es la reinserción). La restricción de libertades de dicho individuo estará, lógicamente, supeditada al éxito del proceso. No creo en una cadena perpetua, pero sí en una adaptación cívica vigilada permanente si es necesario.
Por supuesto, es evidente que hacen falta más medios para asegurar la protección de las víctimas, pero no nos dejemos arrastrar por el modelo estadounidense, que siempre resuelve los problemas con la clásica fórmula '+ policía, - libertad'. No se trata de inventar nada nuevo, sino de recordar el refranero popular: "más vale prevenir que curar". O, lo que es lo mismo, contra la violencia, educación.

lunes, 21 de julio de 2008

¿Por qué no te metes tu dialecto en el orto?



No voy a fingir sorpresa por el ‘intercambio de opiniones’ que ha surgido en este blog respecto al castellano o español (tanto monta). Lo que sí me llama la atención es que haya emergido tanta hostilidad sin haber expresado en ningún momento ideas nacionalistas. Ya lo sabía antes, pero ha sido una buena manera de ilustrar gráficamente lo mal que se nos da a los españoles (anda, si me incluyo, igual no soy tan ‘independentista’) debatir sobre puntos de vista diferentes. Me refiero a escuchar lo que dice el otro y tratar de rebatirlo con argumentos sensatos, pero SÓLO si persiste el desacuerdo (aunque evidentemente dos no se ponen de acuerdo si uno no quiere). Lo curioso es que soy partidario del ‘Manifiesto por la lengua común’, lo cual me sitúa entre dos fuegos. Así, es normal que reciba algún balazo.

Respecto a la formación del español, la Wikipedia recoge lo siguiente: "El dialecto castellano se originó en el condado medieval de Castilla (sur de Cantabria y norte de Burgos), con influencias vascas y de los germanos visigodos. Los textos más antiguos que se conocen en castellano son los Cartularios de Valpuesta, conservados en la iglesia de Santa María de Valpuesta (Burgos), un conjunto de textos que constituyen copias de documentos, algunos escritos en fecha tan temprana como el siglo X, seguidos de las Glosas Emilianenses, que datan de finales del siglo X o principios del XI, que se conservan en el Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla (La Rioja), localidad considerada centro medieval de cultura."

V se presentó con el comentario siguiente: “¿Por qué no te metes tu dialecto en el orto?”, pero en vez de hacer oídos sordos ante el tono ofensivo, le expliqué porqué tiene consideración de lengua hermana del castellano o, si se prefiere, dialecto del latín. V ofrece una explicación de la formación del idioma un poco diferente a la anteriormente citada, en la que La Rioja tiene un papel predominante, por lo que plantea una alternativa para intentar desacreditar el término ‘castellano’: “El ‘castellano’, como tú lo llamas, teniendo raíces e influencias fenicias, griegas, árabes, cartaginenses, germánicas, celtíberas y vascas fue comformado en base a las anotaciones de unos monjes riojanos en el siglo X. Así que de lengua de castilla, tiene menos que la tuya, sería más correcto incluso llamarlo riojano que castellano”.

La duda que me surge, aun aceptando esta exposición (de momento, me quedo con la de la Wikipedia), es la siguiente: ¿Conoce V la situación administrativa de La Rioja en la época de formación del castellano? Yo tampoco sabía exactamente cuál era, así que preguntemos a Wiki (hay colegueo ya): “El territorio de La Rioja estuvo en disputa entre los reinos de Navarra y Castilla desde el siglo X. Los reyes Alfonso VIII de Castilla y Sancho VI de Navarra, tras firmar una tregua en agosto de 1176, admitieron al rey de Inglaterra como árbitro, emitiendo éste el Laudo arbitral del Rey Enrique II de Inglaterra en marzo de 1177, en el que Navarra perdía casi todo lo que actualmente es La Rioja, cediéndoselo a Castilla.”

Estoy de acuerdo con Gloria en que debatir durante más de dos comentarios sobre la denominación idónea del idioma era una pérdida de tiempo. Sobre todo porque los lingüistas han zanjado la cuestión admitiendo que es correcto decir ‘español’ y también ‘castellano’, con preferencia hacia el primero cuando lo citamos fuera del contexto nacional y hacia el segundo si queremos matizar la singularidad respecto a otras lenguas del Reino de España. Pero el insulto gratuito, la prepotencia y la demagogia (léase información parcial) me alteran sobremanera. No sé si éste es, como dice V, un país de gilipollas, lo que sí me parece, como decía Dámaso Alonso, es un nido de cainitas en el que cada uno se dedica a lanzar sobre los demás tanta mierda como le sea posible.

*Imagen: 'Duelo a garrotazos' (también llamado 'La riña'), de Francisco de Goya.

jueves, 3 de julio de 2008

O idioma galego (1): Longa noite de pedra (bilingüe)


Alfonso X foi probablemente o monarca que máis fixo pola cultura deste conglomerado de identidades plurinacionais que (aínda) coñecemos como España. Gañou por isto o alcume de 'o Sabio' i entre os seus fitos figuran a institucionalización da Escola de Traductores de Toledo e o impulso das Cantigas de Santa María, un dos más importantes cancioneiros medievais, en idioma galego-portugués. Os estudios atribúen ó propio rei a creación de cando menos dez e ata un cento das 427 composicións na honra da Virxe María. O seu reinado marcou a etapa do meirande esplendor cultural de Galicia.

Para os que se criaron alén do Eo, a expresión 'Séculos Escuros' probablemente non suxire o mesmo que para quen medramos e estudiamos aquí: Despois de que os nobres galegos apoiasen ós perdedores nas loitas dinásticas pola coroa de Castela, foron suplantados por forasteiros intransixentes coa noutrora florecente cultura da nosa rexión. Fomentado polo crecente centralismo castelán, comezou un período de tres séculos (aproximadamente dende o XVI ata o XVIII) no que o galego quedou reducido prácticamente á oralidade, o que impediu a sua consolidación como lengua literaria.

Durante o século XIX e comezos do XX tomaron forza unha serie de movementos nacionalistas que comprenderon a importancia de defender o idioma como vehículo de autoafirmación cultural e identitaria. Por suposto, ese galego universal (non, non me refiro a Cañita Brava) nacido en Ferrol e autoproclamado Caudillo, Francisco Franco Bahamonde, encargouse de facer volver ó galego ó ostracismo mediante una forte represión. Os últimos anos do rexime e a chegada da democracia permitiron que renazan con forza os anzos nacionalistas e que o noso idioma (e non dialecto, como proclama algún ignorante) vaia recuperando pouco a pouco o lugar que lle corresponde, ás veces gracias á Mesa de Normalización Lingüística e ás veces a pesar de ela.

Longa noite de pedra, publicado en 1962, é a obra cume de Celso Emilio Ferreiro (Celanova, 1912 – Vigo, 1979) que foi publicada en galego i en castelán, alcanzando unha importante difusión. Exemplo de poesía social e comprometida coa paupérrima situación da Galicia de posguerra, o seu título serviu en numerosas ocasións para facer referencia á marxinal situación dos galegos tanto no período franquista como nos Séculos Escuros.

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Texto en castellano:

Alfonso X fue probablemente el monarca que más hizo por la cultura de este conglomerado de identidades plurinacionales que (aún) conocemos como España. Se ganó por ello el sobrenombre de ‘el Sabio’ y entre sus logros figuran la institucionalización de la Escuela de Traductores de Toledo y el impulso de las Cantigas de Santa María, uno de los más importantes cancioneros medievales, en idioma gallego-portugués. Los estudios atribuyen al propio rey la creación de al menos diez y hasta un centenar de las 427 composiciones en honor a la Virgen María. Su reinado marcó la etapa de mayor esplendor cultural de Galicia.

Para los que se han criado allén del Eo, la expresión ‘Séculos Escuros’ probablemente no sugiere lo mismo que para quienes hemos crecido y estudiado aquí: Después de que los nobles gallegos apoyasen a los perdedores en las luchas dinásticas por la corona de Castilla, fueron suplantados por forasteros intransigentes con la otrora floreciente cultura de nuestra región. Fomentado por el creciente centralismo castellano, comenzó un período de tres siglos (aproximadamente desde el XVI hasta el XVIII) en el que el gallego quedó reducido prácticamente a la oralidad, lo que impidió su consolidación como lengua literaria.

Durante el siglo XIX y comienzos del XX tomaron fuerza una serie de movimientos nacionalistas que comprendieron la importancia de defender el idioma como vehículo de autoafirmación cultural e identitaria. Por supuesto, ese gallego universal (no, no me refiero a Cañita Brava) nacido en Ferrol y autoproclamado Caudillo, Francisco Franco Bahamonde, se encargó de hacer volver al gallego al ostracismo mediante una fuerte represión. Los últimos años del régimen y la llegada de la democracia han permitido que renazcan con fuerza las ansias nacionalistas y que nuestro idioma (y no dialecto, como proclama algún ignorante) vaya recuperando poco a poco el lugar que le corresponde, a veces gracias a la Mesa de Normalización Lingüística y a veces a pesar de ella.

*Longa noite de pedra (en castellano, larga noche de piedra), publicado en 1962, es la obra cumbre de Celso Emilio Ferreiro (Celanova, 1912 – Vigo, 1979) que fue publicada en gallego y en castellano, alcanzando una importante difusión. Ejemplo de poesía social y comprometida con la paupérrima situación de la Galicia de posguerra, su título ha servido en numerosas ocasiones para hacer referencia a la marginal situación de los gallegos tanto en el período franquista como en los Séculos Escuros.

martes, 1 de julio de 2008

Based on a true (Galician) story


-Parroquiano Gallego: ¡¡Súbelle o volumen a esa tele que non se escuita!!
-Camarera Francesa: A mí no me gjite, que no estoy sojda.
-P.G.: ¡¡Queremos oír o fúbol (juega el Madrid, nada menos)!!
-C.F.: Le he dicho que no me gjite.
P.G.: ¡¡Sube o volumen dun carallo dunha ves!!
-C.F.: ¡¡¡Ya estoy hajta, a tomaj poj culo!!! ¡¡No hay más fútbol!!
La camarera se gira y apaga la tele.
- P.G.: ¡¡¡¡Me cajo na cona. A culpa é de quen vos da os papeles, que nin falar sabedes!!!!

(Dedicado a Sonia y a Chantal).

*Imagen: "Los Tres Monos Sabios o Místicos, que se tapan con las manos respectivamente los ojos, oídos y boca, están representados en una escultura de madera en el santuario de Toshogu, en Nikko, Japón. Parte de su significado está en el juego de palabras que se origina en japonés entre el sustantivo “saru” que significa mono, y el adverbio homófono que produce la negación del significado de la raíz a la que se asocia enclítico. Las palabras compuestas “mizaru", “kikazaru” e “iwazaru” significan respectivamente “no ve", “no oye", “no habla", y el mono ha pasado a ser un símbolo de la negación en abstracto". (Fuente: Wikipedia).

miércoles, 28 de mayo de 2008

Curso acelerado de periodismo deportivo


Desde que me incorporé al mercado laboral he desempeñado los trabajos más inadecuados que puedo imaginar. Es cierto que, al menos, he podido ganarme el pan dándole a las teclas –pobre consuelo- pero siempre o casi siempre en el ámbito del periodismo deportivo, probablemente el que peor se adapta a mi manera de ‘procesar’ el mundo. No quiero decir que no lo haya pasado bien (a ratos) ni que no me haya resultado útil todo lo que he vivido, simplemente lamento que cuanto más me involucro en este circo (y lo he hecho ya desde puntos de vista muy diferentes) más marciano me siento.

Lo único que me ha permitido mantener la cordura en momentos complicados de mi vida ha sido una inusitada capacidad para tornar lo trágico en trivial. El poso que han dejado en mí dos lustros de dedicación al ejercicio de la frivolidad es, además de una querencia inquebrantable por el humor negro, un odio exacerbado hacia quienes se empeñan en hacer de su vida (mediocre, generalmente, y supongo que ahí está la clave) un melodrama.

El periodismo deportivo es el paradigma de la ‘culebronización’. Tomando prestada la terminología de Kundera en su más conocida novela, podríamos decir que consiste en hacer creer al público que lo más leve entraña en realidad una enorme gravedad. El problema moral surge (si no lo ha hecho antes) cuando el periodista debe distinguir entre sensacionalismo y mentira.

La tiranía de las cifras

Sin ser patrimonio exclusivo del ámbito deportivo, los números adquieren aquí un peso que, por desmedido, acaba rozando lo absurdo. Pero rozándolo por la parte de fuera, claro. Probablemente la exageración más estúpida –y se da sistemáticamente- es la de la asistencia a los recintos deportivos. En el pabellón Caja Madrid (partido Interviú-Leis) calculé de forma aproximada unos 800 espectadores y casi se me atraganta el kit kat cuando mi homólogo madrileño paseó ante las narices de los periodistas un cartel que indicaba: 2.500 espectadores. Entre el corporativismo y la conciencia elegí el camino del medio y ‘olvidé’ rellenar ese dato.

La estadística es otra de las artimañas de las que nos valemos para seducir al lector, dejando claro en la mayoría de los casos que consideramos a la audiencia totalmente imbécil. Me viene a la memoria una información de cierto periódico tras la victoria del Leis ante el Lobelle en el primer partido de la segunda vuelta (temporada 07-08): “… ha logrado en un encuentro el 75% de los puntos de toda la primera vuelta…”. Siendo este dato indudablemente cierto, ¿no es también igualmente ridículo destacarlo en forma de porcentaje? Afortunadamente, tras los dos siguientes partidos (dos nuevos triunfos), no leí por ninguna parte: “El Leis lleva en la segunda vuelta el 150% (y posteriormente el 225%) de los puntos de la primera”.

Cómo hacer hablar a un mudo (sin recurrir a la Guardia Civil)

Para el lector que desconoce el funcionamiento de la prensa, todos los actores sociales se expresan de forma similar en nuestro idioma, desde un premio Nobel de literatura argentino hasta un futbolista esloveno analfabeto. No sólo limamos casi todas las expresiones vulgares y corregimos cada error gramatical, sino que conseguimos convertir un ‘sí’ o un ‘no’ en diez líneas de perorata. Sin despeinarnos y entre comillas, con un par. Para los no iniciados, ahí va un ejemplo:

Plumilla: Buenas tardes, Jaiminho, ¿cómo has visto al equipo en el partido de ida?

Jaiminho: Bien.

Muy mal, con esta clase de preguntas nos arriesgamos a quedarnos sin texto para rellenar la página (que es lo único verdaderamente relevante) y, lo que es más esencial si cabe, sin titular, salvo que no nos de vergüenza emplear un sucinto “Jaiminho ve bien al equipo”. Aunque en conciencia todos sabemos que poco más hay que contar, debemos ser profesionales y cubrirnos las espaldas con esta técnica básica:

Plumilla: Buenas tardes, Jaiminho. El equipo hoy ha dominado el centro del campo como había dicho el míster en la previa; circulasteis con criterio y creasteis peligro con las incorporaciones por banda. Parece que jugando así no se os puede escapar la eliminatoria, ¿verdad?

Jaiminho: Sí, así es; quedan aún 90 minutos y puede pasar de todo, pero hemos dado un paso muy importante.

Mejor, ¿eh? Pero no acaba ahí la cosa, porque la magia de la prensa puede convertir esta conversación (sin que ello sea considerado delito o tergiversación) en estas interesantes declaraciones:

Jaiminho: “Sabíamos que era importante dominar el centro del campo y lo hemos hecho bien; circulamos con criterio y creamos peligro con las incorporaciones por banda. Jugando así no se nos puede escapar la eliminatoria (ahí tenéis vuestro titular, amigos); hemos dado un paso muy importante, pero debemos ser prudentes porque aún queda el partido de vuelta y no hay nada decidido”.

¿Qué? ¿He oído que alguien se siente estafado? Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo.

domingo, 6 de enero de 2008

Infocomercial (1)


¡Atención, ciudadano!
¿Cansado de buscar ese complemento que se convierta de inmediato en su inconfundible seña de identidad?
¿Está harto de sentirse engullido por la homogeneidad de la masa?
¿Busca un auténtico signo de distinción en su vida?
No lo dude, consuma tildes diacríticas.
-"I'd also use them if I could" (testimonio real).
Tilde diacrítica: Si era buena para Cervantes, es buena para usted.

El pudor del pudor


"Mi abuelo decía que la palabra gastrónomo contiene la palabra astrónomo y así, mis clases de astronomía incluían el uso de especias".
Es una breve cita de la película 'Un toque de canela' (Politiki Kouzina - Tassos Boulmetis, 2003), que sirve al protagonista-narrador de la historia para introducirnos en la particular gnoseología transmitida por su abuelo, quien crea en base a ese juego de palabras todo un sistema de analogías para explicar el universo a través de la cocina.
Pero no es de gastronomía de lo que pretendo hablar (no hoy), sino de las curiosas relaciones entre algunas palabras, de cómo se entrelazan de forma caprichosa o simplemente azarosa hasta desembocar en algo totalmente inesperado, aparentemente disparatado, inconexo o irrelevante, pero que esconde mucho más de lo que muestra.
Hablar de ocultación nos obliga a referirnos al pudor, en tanto antónimo de obscenidad. La Real Academia Española recoge dos acepciones distintas para el término 'pudor':
1. (del latín pudor, -oris) m. Honestidad, modestia, recato.
2. (del latín putor, -oris) m. desus. Mal olor, hedor.
Obviando la advertencia sobre el desuso del segundo significado, uno no puede dejar de preguntarse si tal cercanía entre términos que nos parecen, a priori, en las antípodas el uno del otro, es meramente casual.
La aparente 'inarmonía' entre ambas acepciones esconde, en mi opinión, una pirueta de tintes proféticos, una advertencia sobre la putrefacción que envuelve a la corrección política de todo discurso populista, generalmente (aunque no siempre) hiper prudente, recatado y comedido.
No me refiero únicamente al ámbito político (sorteando la hipótesis de que, al fin y al cabo, todo es política), sino al pragmático arribismo de quienes se sienten arropados por el peso de la mayoría, al feroz empecinamiento de aquellos que se escudan en una mal entendida supremacía de la democracia como vía única hacia la Verdad.
Pondré el punto y aparte (que no final) a esta reflexión del mismo modo que comenzaba, con una cita que cada cual puede interpretar como mejor se ajuste a su moral, sus criterios (quien los tenga, en propiedad o en préstamo, que ya es algo) o su conciencia:
"¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela."
A. Machado.

Puta (-ate)


Cuando un profesor normal, de infantería, llega a una clase de tercero de BUP y se encuentra como señal de bienvenida el sucinto mensaje 'puta' (arial cuerpo 300, aproximadamente), tiene dos opciones: montar en cólera u obviar la cuestión con la ayuda del borrador y el silencio.
Pero Carmen no. Ella no se regía por las leyes de Newton (ni en su método pedagógico ni en su post embarazo). La profesora de latín entra en clase, se detiene para leer con atención esas cuatro simples letras, nos mira a nosotros y exclama: "¡Muy bien! ¡Me parece muy bien! A ver, vamos a repasar lo que sabemos. ¿Cómo se enuncian los verbos de la primera conjugación?" -"-o, -as, -are, -avi, -atum". -"Muy bien, y si os digo que en latín el verbo pensar se enuncia puto, -as, -are, ¿alguien puede decirme cómo sería el imperativo en singular de pensar?" -silencio- "Venga, pero si lo tenéis delante de las narices. ¡Puta, claro!
Después de esto decidió que era positivo dejar el mensaje tal y como estaba durante toda la clase y probablemente muchos de mis compañeros pasasen de puntillas sobre una de las mayores lecciones de nuestra vida escolar. Pero yo lo recuerdo como si aún no me hubiese ido a dormir ese día.
Es curioso, pero pocos de mis supuestos educadores consideraron oportuno invitarme a pensar. Me refiero a pensar por mí mismo. Pero claro, ahora que caigo, también es cierto que el método más comunmente utilizado para superar aquello que nos hiere u ofende suele ser precisamente el del profesor de infantería, es decir: a) violencia / b) borrador y silencio. Sucede cada vez que un régimen suplanta a otro en el poder de una nación; cuando una institución comete atrocidades en nombre de una ideología o lo que es peor, de un credo; cuando sorprendemos a nuestra pareja compartiendo fluidos con otro; cuando algo se escapa a nuestro plan preestablecido. Como si la naturaleza entendiese de planes...

Gilipollas y gilipollos


El otro día (en mi caso, esto comprende desde el big bang hasta ayer, dado que, si no es hoy, obviamente es 'otro día') me vi inmerso sin forzarlo en una discusión acerca de la conveniencia de remarcar con el género de las palabras las diferencias de sexo. Seré más concreto: la cuestión era si en una cierta información se debía escribir, pongamos por caso, pontevedreses y pontevedresas o únicamente pontevedreses. Quien enunciaba la cuestión aseguraba que el lenguaje es machista y uno, aunque de natural comedido, es incapaz de escuchar semejante declaración y permanecer inmutable.
Ante todo, considero que incluso cuando el lenguaje se convierte en un arma para la discriminación, lo verdaderamente machista no son las palabras, sino el uso que de ellas se hace. Nuestro idioma (en otros esta cuestión queda prácticamente fuera de discusión por la ausencia de flexión de género) posee tal exuberancia formal que los adalides de lo políticamente correcto (manda huevos que llamen correcto a lo que debería llamarse tibio, moderado, manso o, en el peor de los casos, hipócrita) encuentran en él un perfecto subterfugio para eludir y ocultar los debates realmente necesarios.
Ya he dicho alguna vez que los mismos motivos que llevan a un colectivo que no voy a mencionar (a ver qué falta les hace la publicidad a las feministas crispadas) a exigir que se reconozca el derecho de, por ejemplo, una licenciada en medicina, a ser llamada médica en lugar de médico, son los mismos que me permiten elevar mi voz airadamente para solicitar que, de ahora en adelante, se me llame periodisto, jefo de prensa o gilipollos. En un alarde de perspicacia sin igual he llegado a deducir que la terminación '-o' es la causante de todo este revuelo pues no es, como yo -ingénuo- creía, marca de género masculino o neutro, por más que los estudios serios sobre la evolución de la lengua castellana expiquen que tanto el '-us' (masculino) como el '-um' (neutro) acaben derivando en una forma común.
Me doy por cenvencido, la 'o' final no es más que el perverso resultado de siglos de represión de una sociedad falócrata, que pretende denigrar a las mujeres a través de lo más humano, el habla. Da igual que la Iglesia siga privando al las portadoras de los cromosomas XX de innumerables derechos que sí reconoce, sin ir más lejos, la Constitución Española. No importa que los ejemplares machos de esta decadente especie perciban retribuciones mayores que las hembras por la misma actividad laboral. Lo verdaderamente sangrante es que a una señora con toga le llamen juez y no jueza, ¡pero qué se creen estos cerdos machistas!
El caso anterior es sin duda el que mejor ilustra lo absurdo de esta situación. Juez, en singular, carece por completo de cualquier signo identificable como marca de género y, en plural, añade como vocal de unión una aparentemente aséptica '-e'. No obstante, acaba surgiendo e imponiéndose entre la connivencia de los ignorantes y el silencio de los débiles de espíritu la forma 'jueza'.
Pero volvamos con nuestra amiga la 'e'. Se han aceptado sin rechistar los femeninos jefa, presidenta, regenta e incluso clienta. Pero, al menos por el momento, no sucede lo mismo con estudianta, pacienta, indigenta, videnta o pelela. Comprendo que el hábito no hace al monje pero sí modifica el idioma, pero de ahí a aceptar que estas variaciones sean preferibles a las formas tradicionales media un abismo.
El criterio de economía lingüística queda soslayado cuando leemos algo así: "los espectadores y las espectadoras quedaron maravillados y maravilladas con las actuaciones de los actores y las actrices". Se trata, claro está, de un texto tan farragoso y plagado de palabras que no aportan nada a la narración que cualquiera puede ver lo absurdo de este planteamiento.
Que gallego tenga una acepción peyorativa en determinados lugares de latinoamérica; que no encuentre un sinónimo más adecuado para la palabra moro; que cerdo, pájaro, lagarto, perro, lobo, gato, etc. tengan connotaciones diferentes en el lenguaje coloquial según si se usan en masculino o en femenino (¿debería decir en femenina?) es el sedimento de los usos y costumbres que el paso de los siglos ha ido dejando en nuestra lengua y no se puede pretender borrarlos de un plumazo como si nunca hubiese pasado nada, como si no tuviésemos historia. Ya se sabe la condena que espera a los pueblos que olvidan lo que han sido.