
Confieso que, a fuerza de convivir con televisiones, revistas, carteles publicitarios y demás, he acabado por desorientarme y ya no tengo claro dónde termina lo que es simple libertad de expresión y empieza el machismo puro y duro. Por eso -metódico que es uno- para reconocerlo a la mínima sospecha, he estado considerando una fórmula práctica, que consiste en tomar el comentario o el anuncio de turno e invertir los roles masculino y femenino.
En mi calle hay uno de esos soportes estáticos de publicidad (como curiosidad, el nombre técnico es MUPI: Mueble Urbano para la Presentación de Información), que estos días muestra una imagen de la campaña de la Secretaría General Iberoamericana y la Organización Iberoamericana de Juventud contra la violencia machista dirigida a los inmigrantes de Latinoamérica, cuyo lema reza: "De todos los hombres que haya en mi vida, ninguno será más que yo / De todas las mujeres que haya en mi vida, ninguna será menos que yo".
He pensado qué pasaría si fuese de madrugada, con un spray, y cambiase los 'más' por 'menos' y viceversa, como quien se para en la autopista para pintar una 'L' antes de A Coruña, pero inmediatemente me he dado cuenta de que, si me pillaban, no sólo me denunciarían por vandalismo, sino también por provocador, demagogo y falócrata. Y gilipollas, sobre todo.
Igual es que a nadie se le ha ocurrido que el mensaje más razonable debería enfatizar la igualdad, que no es exactamente lo mismo que la discriminación positiva. El clásico "somos iguales, somos diferentes", que tan bien define la problemática de la interculturalidad, se adapta mucho mejor a la idea que -imagino- se quiere transmitir. Salvo, claro está, que la idea que se quiera transmitir es que una mujer ha de ser igual o superior a un hombre.
Y ya entrados en el juego de la retórica, ¿qué hay de aquellas personas cuyas tendencias no son heterosexuales? ¿Por qué quedan sistemáticamente olvidadas cuando tratamos de violencia doméstica? ¿Acaso hay motivos razonables para presuponer que en las parejas homosexuales no se dan casos de malos tratos? ¿No debería Bibiana Aído, ministra de Igualdad, velar porque ellos también formasen parte de los asuntos públicos?
domingo, 1 de noviembre de 2009
De todas las mujeres que haya en mi vida...
sábado, 1 de agosto de 2009
Gratuito y cobarde

Contrariamente a lo que sostienen los autoproclamados como defensores de la democracia, no es la violencia o la lucha armada lo que deslegitima las reivindicaciones de un determinado grupo social. Sí lo hacen, en cambio, la cobardía, el asesinato injustificado y la crueldad. Lo que desacredita a los etarras y proetarras no es que defiendan la independencia de Euskadi, Euskal Herria o como coño quieran llamar a esa entidad nacional en la que supuestamente vivirían felices y comerían perdices lejos del yugo opresor del Estado español. Tampoco que, en un contexto amplio, promuevan el uso de la fuerza cuando se agote el cauce democrático para lograr sus objetivos. El error va mucho más allá.
ETA no es una organización independentista, sino terrorista. Seguramente no siempre ha sido así, y lo atestigua el mero hecho de que en otras épocas las víctimas de sus atentados han sido personas verdaderamente importantes en el ámbito de la política española, lo cual, al margen del método, al menos otorga a la violencia, si no una justificación, sí una coartada. Valorar, por ejemplo, si el asesinato de Carrero Blanco es un crimen o una acción política ya sería entrar en el terreno de la opinión pura y dura.
Lo que no ofrece duda alguna es que dos guardias civiles muertos no van a cambiar el panorama en lo más mínimo. En los últimos años ETA se ha limitado a causar dolor de forma gratuita y cobarde, en una especie de ajuste de cuentas con no se sabe bien quién (desde luego, estoy convencido de que los responsables directos no lo saben), sobre un campo de batalla en el que cualquiera, por tanto, se convierte en un objetivo potencial.
Si algún día se concediese la consulta sobre la autodeterminación a Euskadi (lo cual tampoco es tan descabellado, dicho sea de paso), debería llevarse a cabo otro referéndum paralelo para que en el resto de las comunidades pudiésemos expresar nuestro sentir al respecto. Más que nada para que a estos criminales descerebrados les entre en la cabeza que la postura mayoritaria viene siendo: "haced lo que os salga de los cojones con vuestro territorio y dejad de tocarnos los nuestros".
jueves, 29 de enero de 2009
ANV

“Nada tan estúpido como vencer. El verdadero triunfo está en convencer”. Víctor Hugo.
Leo en la edición digital de El País que el Constitucional acaba de ratificar la ilegalización de la formación nacionalista ANV, confirmando así el fallo del Supremo que consideraba probada “la existencia de relaciones de colaboración de distinta naturaleza (..) con la organización terrorista ETA y el partido ilegalizado Batasuna”. Según esta información, “la sentencia de hoy dicta que la decisión del Supremo se ajusta a la doctrina constitucional, al hacer una correcta aplicación de una norma que, entre otras cosas, obliga a las formaciones políticas a condenar la violencia”.
Comparto la sentencia de Kapuscinsky que afirma que “la ideología del siglo XXI debe ser el humanismo global, pero tiene dos peligrosos enemigos: el nacionalismo y el fundamentalismo religioso”. Lo que no comparto es la táctica de combate que se viene empleando en España contra todo lo que rodea a ETA. Ni siquiera es que la supuesta ‘lucha’ de esta organización me merezca algún respeto. Por supuesto, sus métodos de presión me parecen repugnantes. Pero nada de eso es el núcleo del debate.
Lo que se pone en cuestión es si el mero hecho de no condenar la violencia es motivo suficiente para la ilegalización de una formación política. Partimos de la base (errónea) de que, en democracia, no hay razón para defender la agresión física. Sin embargo, aceptamos que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad dispongan, al amparo de la ley, de este recurso en régimen de monopolio. Olvidamos que el antidisturbios, el sargento, el ministro y el presidente son simplemente personas y, por lo tanto, pueden tomar decisiones equivocadas. Y no es pura especulación. Sucede con demasiada frecuencia y, normalmente, hace prevalecer la seguridad en detrimento de la libertad.
La legitimación de la violencia
Esta concesión se sustenta en la idea de que el Estado establece unas pautas de convivencia y se dota a sí mismo de los instrumentos necesarios para combatir todo agente que las vulnere. Políticamente, esto es comprensible, pero ¿por qué no lo es que los ciudadanos empleen la violencia cuando sea el Estado el que vulnere unos derechos que, por fuerza, han de ir cambiando a lo largo del tiempo? La Constitución no puede quedarse estancada. Para eso ya están la Biblia, el Corán, el Talmud… Y la idea maquiavélica de que la única manera de derrocar al tirano es el tiranicidio aún no ha sido convincentemente rebatida.
Aquellos que se autoproclaman demócratas deberían luchar por que todos los temas puedan ser objeto de debate público, incluso algunos que, en virtud de una dudosa (en sus términos) Declaración de los Derechos Humanos, han quedado encerrados en una caja negra bajo la llave de una moral que se presenta más como un dogma de fe que como un bien provisional (si Descartes levantara la cabeza…). Si se legaliza ANV es, sencillamente, porque se teme su éxito en las urnas. Qué lleva a la gente a posicionarse del lado de los violentos es el auténtico debate, pero entre el ruido de los insultos nadie (ni independentistas ni centralistas) está dispuesto a escuchar razones y asumir que, sin consenso, ninguna paz es duradera.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
Contra la violencia, educación

Pensaba dejar el tema para más adelante pero, tras tener la mala suerte de escuchar a María Teresa Campos pontificando sobre lo terrible de la "violencia de género" en su inconfundible estilo de diva sanchopancesca, creo que tengo que saldar cuanto antes una deuda pendiente con mi bilis.
Lo primero que me ofende es la expresión empleada para referirse a la violencia doméstica. Es ridículo que vengamos (nosotros, el pueblo: no olvidemos que los políticos son sólo brazos ejecutores) de reconocer a los homosexuales su derecho a casarse y continuemos, en cambio, dando por hecho que los malos tratos sólo ocurren en una dirección: de un hombre hacia una mujer. Y aunque así fuese, basta de eufemismos, por favor: las palabras tienen flexión de género, la condición orgánica que distingue a las personas se llama sexo.
Al margen de formalismos lingüísticos, cuyo interés reside únicamente en que revelan un problema general de prejuicios y pudores institucionalizados, el corazón de la cuestión queda casi siempre al margen del debate público. Lo que nos negamos a aceptar es que la violencia, sea del tipo que sea (siempre hablando de relaciones entre adultos), debe ser tratada antes mediante vacunas que recurriendo a remedios a posteriori que no son más que parches. Ahí entra en juego la educación, tanto en los hogares como en los centros de enseñanza. El verdadero germen del maltrato está en las familias y en los colegios, donde se perpetúa la asunción de roles diferenciados por razón de sexo (tradición cultural), sin que haya ninguna razón biológica de peso para ello.
Existe una faceta de la personalidad que tiende a ignorarse o que, en el mejor de los casos, queda relegada a un discreto segundo plano: la autoestima. Educar a un ser humano no es programar un ordenador. En las relaciones sentimentales, el amor propio desempeña un papel esencial, actuando como garante y salvaguardia de un sistema de interdependencia emocional, entendida ésta en su carácter de responsabilidad mutua, pero sin que cada individuo deba ceder su independencia. Al fin y al cabo, la violencia no es más que la verticalización extrema de un esquema de relaciones sociales.
Tanto el sumiso como el dominante manifiestan un déficit de autoestima, por lo que la responsabilidad es, en cierto modo, de ambos. Por eso no se habla sólo del perfil del matratador, sino también del perfil del maltratado. Obviamente, no es políticamente correcto otorgar a la víctima alguna culpa (con todas las connotaciones que la tradición cristiana le confiere al término). Que la víctima sea parcialmente culpable (causante de una determinada situación a través de su conducta) no quiere decir que sea condenable por ello, pero sí muestra una disfunción emocional que debería haber sido corregida previamente.
En el caso de quien ejerce la violencia, la disfunción es muy similar, aunque se manifieste de un modo opuesto. Es por ello, por el tipo de respuesta a su falta de autoestima/autocontrol, por lo que la terapia no es suficiente. Ha roto una norma de convivencia y debe pagar por ello. Pero lo que es más importante es garantizar en la medida de lo posible que no volverá a hacerlo. No es que haya que eliminar el castigo, es que además hay que trabajar en la reeducación del maltratador (no olvidemos que la finalidad principal de nuestro sistema jurídico es la reinserción). La restricción de libertades de dicho individuo estará, lógicamente, supeditada al éxito del proceso. No creo en una cadena perpetua, pero sí en una adaptación cívica vigilada permanente si es necesario.
Por supuesto, es evidente que hacen falta más medios para asegurar la protección de las víctimas, pero no nos dejemos arrastrar por el modelo estadounidense, que siempre resuelve los problemas con la clásica fórmula '+ policía, - libertad'. No se trata de inventar nada nuevo, sino de recordar el refranero popular: "más vale prevenir que curar". O, lo que es lo mismo, contra la violencia, educación.
miércoles, 29 de octubre de 2008
Intimidad colectiva

Tengo el hábito lector tan hecho a los transportes colectivos que, poco a poco, esos momentos que antes detestaba en tanto tiempo derrochado en agotadoras transiciones vacías han devenido en algunos de los instantes de mayor sensación de plenitud de toda la semana.
Regresaba de Santiago a Pontevedra con el libro Sexo y temperamento -de Margaret Mead- todavía virgen sobre mis piernas. Me disponía a concentrar mis energías y mi aún dispersa atención en los preliminares: advertencia, introducción... Pero en el asiento posterior al mío una voz masculina de edad indeterminada e irritante tono agudo se esmeraba en mezclar conceptos como 'vulnerabilidad del ego' (Mead) y 'supresión de interinidades' (gilipollas anónimo).
Tardé cerca de 10 minutos en leer las dos primeras páginas, regresando una y otra vez sobre cada párrafo, incapaz de abstraerme a la fragmentada conversación que me llegaba desde atrás, debatiendo conmigo mismo la conveniencia de explicarle al pasajero irritante que, hablando así de alto, bien podría ahorrarse el coste de la llamada a cambio de sacar la cabeza por la ventanilla.
Un par de filas más atrás había ya quien apostillaba algunos de sus comentarios. "Ayer estaba a 1.05", decía el del teléfono en relación no sé si a la proporción dolar/euro o a cierto valor en bolsa. "1.07", matizaba otro anónimo que, curiosamente, me resultó ipso facto más simpático.
Al fondo del autobús (quiero decir a unos ocho metros de la conversación teléfonica) un hombre consideró que 20 interminables minutos eran el tope de su paciencia. Se levantó de su asiento, se aproximó al gilipollas anónimo y le dijo lo que imagino que muchos, como yo, llevábamos rumiando largo tiempo. "Amigo, que nos estamos enterando atrás. Habla un poco más bajo, coño".
Ciertamente los modos no fueron los más diplomáticos, pero no pude evitar solidarizarme en lo más hondo de mi corazón con el paladín del silencio. Más aún cuando escuché al abochornado defender su honor ante su interlocutor añadiendo alguna de esas consideraciones que uno codifica inmediatamente entre comillas: "parece que a alguien le 'molesta' que hable".
Supongo que el hecho de que su tono de voz se hiciese aún más agudo en ese momento acabó por despertar en mí los pocos impulsos homicidas que aún quedaban aletargados. Así que rebusqué en los bolsillos y encontré unas llaves. "Poca cosa, pero servirá, supongo", pensé. Las saqué, elegí una especialmente larga, me giré y abalanzándome sobre el gilipollas se la clavé en la tráquea.
Tendríais que haber visto su gesto desconcertado en ese momento. "¿Pero de qué te sorprendes?", le dijo la señora que estaba a mi lado, visiblemente aliviada por mi intervención. Los de las últimas filas se incorporaron un poco y se unieron en un estruendoso aplauso.
Qué lástima que tuviese que conformarme con imaginarlo.
sábado, 13 de septiembre de 2008
Primero controla tu mente...
(De la serie 'D-cine', en http://www.fotolog.com/andresrivas) Videodrome (David Cronenberg, 1983) es, probablemente, una de las más profundas reflexiones cinematográficas acerca de los peligros de la búsqueda constante del ser humano de estímulos sensoriales cada vez más intensos. Adquiere, pues, un papel central el fenómeno de la tolerancia (necesidad de incrementar la dosis de un fármaco o droga para lograr los mismos efectos que inicialmente se conseguían con cantidades menores). Max Renn (James Woods) es el director de programación de una pequeña cadena de televisión que, para sobrevivir en un mercado que tiende a la saturación, ofrece a su audiencia "lo que no pueden conseguir en ninguna otra parte", es decir, estímulos cada vez más fuertes, esencialmente de carácter violento, sexual o ambos. Su vida da un vuelco cuando descubre Videodrome, una misteriosa emisión con capacidad psicoativa: altera la percepción sensorial y la conciencia. Desde el momento en que se expone a los efectos de Videodrome, comienza para Max una carrera contra reloj frente a un proceso irreversible de corrupción, lo que en el lenguaje de Cronenberg queda libre de prejuicios morales para convertirse, prácticamente, en sinónimo de evolución. Para el director canadiense, además, esta corrupción actúa a un doble nivel: "primero controla tu mente, luego destruye tu cuerpo". El progreso científico y sus enormes posibilidades para transformar rápidamente no sólo el entorno sino al ser humano mismo es el eje vertebrador de la filmografía de David Cronenberg, de la cual Videodrome es, a un tiempo, síntesis y punto de partida hacia un nuevo enfoque de la realidad.
