
El racionalismo extremo conduce inevitablemente al escepticismo. Las contradicciones que tienen lugar en la mente humana en su intento de explicar lo real convergen en la idea fundacional de este blog, la teleología de lo aleatorio. Explicar un hecho y predecir un hecho pueden parecer operaciones muy distantes entre sí, pero son dos caras de una misma moneda y, por tanto, son igualmente ilusorias en sentido estricto.
Cuando hablamos de fe tendemos a evocar conceptos como doctrina, sacralidad, oración, ritualismo… Asimilamos fe y religión asumiendo que la primera conlleva necesariamente la segunda, sin pensar que, en realidad, toda explicación no es más que un desesperado acto de fe. La búsqueda de significación en la realidad es un ejercicio descorazonador, especialmente si se hace desde el punto de vista de la teleología. Dar por cierto que existen causas finales implica aceptar el determinismo como algo inevitable. Significa, en última instancia, que todos nuestros actos, que todos los sucesos, son los que son y serán los que serán porque no podría haber sido de otro modo.
Metafísicamente no existe la certeza de que a una causa, sea la que sea, siga necesariamente una consecuencia. Sin embargo, el mismo instinto que nos aparta de la creencia en las causas finales nos mantiene forzosamente ligados al principio mismo de causalidad. Pero si ansiamos la libertad y nos aferramos a la posibilidad de eludir el Destino, debemos abrazar el azar, lo aleatorio, el hecho inmotivado. Y aunque pueda resultar paradójico, ello implica conceder al conocimiento científico un valor meramente funcional, pragmático. Significa recuperar la antigua e insuperable confrontación entre física y metafísica.
Aunque no hubiera sido judío, Albert Einstein habría pronunciado una de sus más célebres sentencias exactamente tal y como lo hizo: “Dios no juega a los dados con el Universo”, aseguró el físico alemán, y con ello puso de manifiesto que ni las mentes más preclaras pueden concebir la ausencia de un orden en todo lo real. La idea de que a cada causa sigue una consecuencia está tan arraigada en la computadora humana que ni la teoría del caos (que trata los comportamientos impredecibles de los sistemas dinámicos) ni el principio de incertidumbre de Heisenberg (que enuncia la imposibilidad de una medición exacta por la distorsión que provoca la propia interacción) se oponen a ella en lo esencial.
¿Tiene menos valor en términos de simple intelección nuestro marco de referencia cuando comprendemos que se basa en una ilusión de la razón? En un sentido meramente pragmático no, y filosóficamente esto es lo único que cuenta. Es más, desde la perspectiva humana este subterfugio es una parte esencial de lo que en muchas religiones se considera el plan de Dios: es el despotismo ilustrado llevado a su máxima expresión. Cuando Dios se desnuda, cuando queda despojado de metáforas, revela su verdadera condición de causalidad en estado puro. Éste es el siguiente paso del silogismo cartesiano, la intersección de todas las creencias: Pienso, luego Dios existe.
lunes, 13 de abril de 2009
Pienso, luego Dios existe
viernes, 19 de diciembre de 2008
Yo también puedo escribir una fábula feminista
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Se detuvo Dios a contemplar el Mundo que había creado y le pareció tremendamente aburrido. Así que ideó la reproducción sexual porque, como una vez explicó a los inquisitivos ángeles, "siempre he preferido las composiciones con fichas de dominó al Ibertrén", que era otra forma de decir "quiero ver qué pasa" (lo cual no es lo mismo que saberlo de antemano). Decidió dotar a algunas de sus criaturas de caracteres sexuales distintos, de modo que del emparejamiento entre estos surgiesen seres genéticamente diferentes de sus progenitores.
Llevaba tiempo dándole vueltas al boceto del ser humano, así que eligió el primer individuo a 'cara o cruz' (en realidad lanzó una hoja a 'haz o envés') y salió hombre. Tomó el barro primigéneo en el que residían como un todo homogéneo los vicios y las virtudes y, al modelarlo, unos y otras fueron depositándose, aleatoriamente, en diferentes partes del cuerpo que iba tomando forma. Pensó que sería buena idea que la hembra, la mujer, llevase parte del hombre en su propio cuerpo, así que le arrancó a éste una costilla y volvió a meclzarla con el barro, convencido de que, de ese modo, crearía entre ambos un vínculo perenne. Y así Adán y Eva, en el mismo momento, tomaron conciencia de sí mismos y del entorno en el que vivían.
Sintió el Diablo curiosidad por ver en qué modo había afectado a las más recientes creaciones de Dios la diferente composición del barro con el que les había dado forma, así que decidió llevar a cabo una apuesta con el 'pantocrátor' (aunque sus allegados le llaman 'pan', no tanto por economía lingüística sino por considerarlo más ajustado a su esencia). Los detalles del reto no trascendieron, pero sí sus consecuencias.
Advirtió Dios a los humanos: "Podéis disfrutar de todo cuanto os ofrece el Paraíso, excepto de este manzano". El Diablo, por aquel entonces aún poco diestro en el arte de la seducción, creyó que la forma de serpiente sería la que mejor atraería el interés de Adán. Lo que no imaginaba era que éste, ante aquel animal de inequívoca forma fálica, sentiría herido (por comparación) su orgullo viril. Dicen las malas lenguas que, mientras regresaba junto a Eva, no dejaba de imaginarla gozando de aquellas extraordinarias dimensiones. Así se originó el primer caso de malos tratos de la historia.
Eva quedó inmediatamente prendada del encanto de la serpiente, no por su forma, sino por sus sensuales movimientos y su hipnótico silbido. "No puede pasarte nada por comer del manzano, Eva. Dios es amor, no ira. Es vida, no muerte. Es compasión, no egoísmo. Si comes la manzana, serás como Dios". Así que Eva fue en busca de Adán y, tras una larga conversación, decidieron comer a la vez y asumir juntos las consecuencias, positivas o negativas.
Pero cuando Dios apareció con su semblante más aterrador y les exigió una explicación por haber hecho caso omiso a su advertencia, Adán sintió pánico y elevó su índice acusador contra Eva: "Yo no quería hacerlo, fue ella quien me convenció". Dios acarició con suavidad la mejilla de la mujer, bendiciéndola así para siempre con el don de la Ternura. Después miró con dureza a Adán y le dijo: "Ahora sé que al quitarte la costilla te dejé sin el Valor. Espero que los hijos de tus hijos acaben recuperándolo. Pagarás con el sudor de tu frente esta ofensa a Eva". Y entonces se retiró musitando: "no soporto a los delatores".
*Imagen: 'Adam und Eva' (Adán y Eva), de Durero.
