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lunes, 9 de marzo de 2009

Penitencia


Es la una de la madrugada en la Gran Vía. Se para un coche. El cliente es un hombre maduro. Podría ser su padre. Se dirigen a un hotel a las afueras de la ciudad. En el semáforo, mientras esperan a que se encienda la luz verde, ella abre su bolso, introduce en él su mano, coge el revólver, quita el seguro, se llena los pulmones de aire, una vez, dos veces, inhalando profundamente. Saca el arma, apunta directamente a la sien, no falla. Sale del vehículo, camina hacia una curva con escasa visibilidad. Espera agazapada junto a la cuneta. A lo lejos unas luces. Se emborracha de aire para no sentir, cierra los ojos, se dice: “nunca más”. Se lanza al medio de la carretera. El conductor la ve a tiempo para esquivarla, pero no para evitar el impacto contra el guardarraíl. El coche y sus ocupantes vuelan varios metros y al caer se enzarzan en una danza macabra hasta quedar convertidos en un amasijo de metal, carne y fluidos indeterminados. Ella piensa: “la materia y la energía no se crean ni se destruyen”. Se queda mirando la masa informe a lo lejos y da gracias mirando al cielo. Se dice: “Dios me ha dado una segunda oportunidad”. Su conciencia replica: “ninguna mala acción debe quedar impune”. Mañana quizá pruebe en la vía del tren.
No, lo ha pensado mejor: se quedará en casa viendo la televisión. "¿En el cielo habrá tele de pago?". ¡Muy bien, no hay que perder nunca el sentido del humor!