
Me conecto al Messenger y encuentro entre mis contactos on-line a Tati, pontevedresa de nacimiento, parisién de corazón. Empezamos a ponernos al día sobre nuestras peripecias, sobre todo ella, que si en la capital del Lérez vivía en permanente estado de excitación (en el más extenso sentido de la palabra) desde que trabaja de au pair a orillas del Sena vive cada nueva jornada para coleccionar anécdotas. Relatos que, gracias a su refrescante entusiasmo, sobrepasan la categoría de trivialidades para alcanzar el rango de aventuras. Es lo que nuestros nietos llamarán batallitas.
No sé cómo, pero una vez más la conversación acaba derivando hacia el tema del sexo (quien quiera detalles morbosos que se compre la Cosmopolitan). Del caso particular progresamos hacia el plano general y me confiesa que no entiende la concepción que muchas mujeres con las que habla a menudo tienen del sexo oral, concretamente de la fellatio o felación (y qué mejor país que el que la ha acogido para reflexionar al respecto). Yo le digo que, afortunadamente, es extremadamente infrecuente (por no decir estadísticamente residual) que una chica no esté dispuesta a practicarlo, incluso tomando la iniciativa (lo cual, por cierto, es siempre de agradecer).
-Aunque sí es verdad que normalmente lo hacen fatal –admito- y además tengo la sensación de que se está imponiendo una corriente de opinión muy exigente con las cualidades del hombre y muy poco con las de la mujer. Muchas creen que complacernos no tiene más arte que la simple fricción. Pero con eso no es suficiente.
-Me parece que el problema es que no disfrutan haciéndolo –imagino esa cara de frustración que pone cada vez que es incapaz de encajar la realidad en sus esquemas mentales- y no lo hacen como un fin en sí mismo, sino como un medio. Es como si estuvieran diciendo “te lo hago para que tú me lo hagas a mí”, o simplemente porque es lo que se supone que deben hacer.
-En esos casos prefiero que no lo hagan, es una completa pérdida de tiempo, además de un corte de rollo; aunque nos tomen por imbéciles, nos damos cuenta si nuestra compañera no disfruta de lo que está haciendo.
-Eso es lo que no entiendo, que no lo disfruten. ¡Si es de lo más excitante!
Quién lleva las riendas
Es un hecho que muchas mujeres afrontan con reservas el sexo oral, tanto el cunnilingus como la felación, aunque nos concentraremos aquí en el segundo caso. Desde el olor hasta el complejo de cosificación o el sentimiento de degradación, hay problemas que se solucionan fácilmente con una higiene escrupulosa (lo sé, es triste tener que recordarle a alguien lo que ya deberían haberle enseñado sus padres) y otros que requieren urgentemente replantear los conceptos más elementales.
Puedo comprender (aunque no compartir) el rechazo hacia la posición de sumisión que conllevan determinados actos. Aunque encuentro tremendamente saludable saber introducir el intercambio de roles como parte de la relación erótica, soy consciente de que hay personas que necesitan avanzar poco a poco por ese sendero. Sin embargo, es extraño que muchas mujeres no se hayan dado cuenta de que la felación puede ser uno de los mayores actos de dominación femenina o, tanto monta, de sumisión masculina (va por ti, Shere Hite). ¿Acaso hay muchos momentos en los que una mujer disponga a su voluntad de un poder tan preciso para controlar el placer de su partenaire? “Es la sublimación de la feminidad”, apunta Tati.
Con todo, al igual que sucede con cualquier otra práctica, lo fundamental es superar las barreras psicológicas y que todo fluya de forma natural. Sin duda, es sano pensar el sexo, pero es mucho más placentero sentirlo.
Cómo hacerlo bien
Como ya ha quedado dicho, la primera clave es simple: disfrutando. La segunda es extensible al sexo en su conjunto (y también al amor): favoreciendo la comunicación, no sólo verbal. Es prácticamente imposible, por poca destreza que se tenga, que la estimulación sea insuficiente cuando se cumplen ambos requisitos. Hay al menos tantas técnicas adecuadas como penes, probablemente muchas más. Un mismo hombre puede preferir unas caricias u otras dependiendo del momento y convertir esa búsqueda en un juego resulta de lo más excitante para ambos.
Si fuese una canción, la melodía base podría ser la forma común de saborear un helado de cucurucho aunque, como en una de las más célebres obras de Beethoven, la riqueza de las variaciones sobre un mismo tema es inconmensurable. Los labios son una zona extremadamente sensible para dar y recibir placer y deben combinarse con la lengua, recordando dos reglas fundamentales: siempre humedad, nunca rigidez. Imaginad una lengua totalmente tensa martilleando el clítoris, ¿verdad que no es agradable? La profundidad y la velocidad en la ejecución están frecuentemente sobrevaloradas, es mucho más importante que el contacto sea sensual y fluido, aunque es obvio que el ritmo debe ir incrementándose progresivamente.
Por último, deben involucrarse otros sentidos al margen del tacto (principalmente la vista y el oído). Muchas mujeres obvian la excitación que a los hombres nos produce la visión de cada gesto: la mirada, la expresión del rostro o la posición corporal desempeñan importantes papeles. Del mismo modo, las palabras sugerentes y los leves gemidos contribuyen enormemente a completar una atmósfera ideal. Por ello es recomendable combinar la felación con la masturbación, pero teniendo en cuenta que: a) el pene no se va a romper por sujetarlo con firmeza; b) tampoco se trata de que no llegue la sangre al glande, no queremos tener que amputarlo por necrosis.
lunes, 9 de junio de 2008
Sexo (3): La felación
miércoles, 27 de febrero de 2008
Sexo (1): Masturbación y pornografía

El primer libro que recuerdo cuando aún estaba dando mis primeros pasos como lector era una guía de sexualidad para niños. Mi madre me lo hacía leer cada día y, por las noches, me explicaba todo aquello que no hubiera entendido. Viéndolo de forma retrospectiva y comparativa respecto a mi entorno supongo que resulta bastante significativo, aunque imagino que entonces me debió de parecer de lo más normal. Ésa es la clave: fijar desde la infancia la idea de normalidad respecto a aspectos de la vida que la sociedad se empecina en mantener como tabúes es algo que nunca podré agradecer suficientemente a mis padres.
Hay dos modelos básicos para orientar a los niños en materia sexual en función de la respuesta a la pregunta ¿qué es el sexo? El primero y, probablemente, más extendido, deja al margen una buena porción de realidad y lo explica como mecanismo para la procreación de la especie. El segundo, en cambio, recoge la dimensión más emotiva y latentemente hedonista (aunque platónico, es indudablemente más completo y hermoso): “es lo que hacen los mayores cuando se quieren”, era a grandes rasgos la definición de mis progenitores.
Quizá ‘olvidaron’ en ese momento incluir conceptos como prostitución, violación, pedofilia, bestialismo, etc., pero tampoco el cura de mi pueblo se extendía demasiado en la explicación de la Santísima Trinidad ni los ministros de economía se molestan en aclarar a la ciudadanía porqué los salarios de los proletarios no aumentan en una proporción al menos razonable respecto al incremento de la productividad de su trabajo.
El pecado de Onán
Si alguien está esperando un ejercicio de exhibicionismo, ya puede ir saltando a otro blog, sobran los de gente que se prodiga en comentarios sobre su ajetreada, decadente, vibrante, confusa, profusa o difusa vida sexual. Cada uno marca sus fronteras y en mi caso una de las inamovibles es el respeto (me refiero sólo a esta faceta, ojo) a las personas con las que he compartido sábanas, mesas, bañeras y/o los etcéteras que correspondan en cada caso.
Mi relación con el sexo está a medio camino entre lo que muchos considerarían una salud envidiable y otros tantos tildarían de depravación. Lo siento, Sade, me temo que estos tampoco habrían sido buenos tiempos para ti. Al margen de lo que me reservo para la intimidad (es decir, la parte mayor y más controvertida), hay dos frentes de batalla fundamentales por los que siempre he combatido: la masturbación y la pornografía.
Para los profanos, Onán fue –según los textos bíblicos- el segundo hijo de Judá. Tras la muerte de su hermano mayor, el primogénito Er, la Ley judía determinaba que el segundo hermano se casase con su viuda, Tamar. De producirse descendencia, este hijo heredaría los derechos de primogenitura, por lo que Onán, quien codiciaba la herencia de su padre y no deseaba compartirla con sus sobrinos, derramaba su semen sobre la tierra cada vez que copulaba con Tamar. Por este ‘pecado’ Dios acabó con su vida.
Pero ¿cuál es realmente la falta cometida por Onán, el derramamiento en vano de su ‘semilla’ o la más miserable avaricia? Ni el uso de preservativos ni el autoamor –así lo llamaban algunos manuales escritos en los 80, y supongo que aún hoy- debería ser considerado algo pecaminoso ni mucho menos nocivo. La cultura griega y romana (Oráculo de Delfos) y también la tradición oriental (El arte de la guerra) coinciden en un punto, la importancia de conocerse a uno mismo. ¿Por qué el sexo habría de ser una excepción?
De la Venus de Willendorf a Andrew Blake
La representación de imágenes sexualmente sugerentes es algo tan antiguo como el mismo nacimiento del arte. Una de las primeras obras de las que tenemos conocimiento es la Venus de Willendorf, una escultura paleolítica que ensalza los atributos femeninos más reconocibles (amplias caderas, voluminosos pechos y vientre redondo), supuestamente como tributo a los dioses para que facilitasen abundantes cosechas. Es, en definitiva, un monumento a la fertilidad.
Desde entonces la dimensión pública del sexo ha pasado por diferentes períodos y se ha topado con el rechazo del cristianismo (siempe desde nuestra perspectiva eurocéntrica). Sin embargo, es notable desde el Renacimiento la aparición en el arte de obras tan descaradas como la Venus de Urbino (Tiziano) e incluso la inclusión en los templos de diferentes imágenes velada o abiertamente relacionadas con la procreación, algunas de ellas rozando (o sobrepasando) lo procaz.
La fotografía y, sobre todo, el cine, abren un nuevo campo de creación que marca el nacimiento de un nuevo período social para el sexo. El aumento de las libertades individuales y la cultura del entretenimiento crean el ambiente idóneo para que en torno a la pornografía, tal y como la conocemos actualmente, surja una poderosa industria.
Del mismo modo que en el arte y la literatura a cada corriente le ha seguido a lo largo de la historia otra diametralmente opuesta, este refinamiento también se ha dado en el porno. Entre las primeras escenas en blanco y negro y las superproducciones de Private, compañía líder en el llamado ‘entretenimiento para adultos’, hay todo un océano. Desde versiones de películas convencionales, hasta el porno chic de Andrew Blake, pasando por el gonzo (con exponentes de renombre como John Stagliano, Rocco Siffredi o Nacho Vidal), este género siempre ha estado sujeto a controversia, pero nadie duda de su rentabilidad.
Las críticas más feroces a las que se ha enfrentado esta industria provienen de ciertos sectores feministas y conservadores. Y luego dicen que es la política la que hace extraños compañeros de cama. Lo que hace extraños compañeros de cama es el matrimonio, apuntaría Groucho, con mucho mayor agudeza.
La fe en la capacidad autorreguladora del mercado que profesamos todos los que aceptamos el juego del capitalismo (y esto es lo que hacemos quienes no luchamos contra éste) convierte estos reproches en una pataleta ridícula. Desgraciadamente, los intentos de producir porno para un público femenino o al menos mixto han fracasado casi siempre, quizá porque los hombres son más visuales en cuanto al sexo. Ello explicaría que el mercado gay supere con creces al femenino.
Sin embargo, el maestro Andrew Blake, con su exquisita sensibilidad para los detalles, ha dejado la puerta abierta hacia una nueva pornografía que en lugar de separarnos aún más, pueda llegar a unirnos a ambos sexos en el placer audiovisual.
