viernes, 16 de mayo de 2008
jueves, 15 de mayo de 2008
Sexo (2): Inercia, miedo, pulsión y culpa

Inercia
Manuel no cree estar enamorado de Lucía, pero ha terminado por convencerse de que se trata de un matiz baladí y, por tanto, jamás será un motivo de suficiente peso como para decantar la balanza a favor de la ruptura definitiva. Tampoco es que en el platillo de la continuidad haya razones demasiado sólidas, pero no hace falta ser físico/psicólogo/sociólogo para entender que la inercia es la fuerza más ‘adhesiva’ del universo, y también la que provoca los accidentes más letales (la DGT no puede estar más de acuerdo).
El caso de Manuel guarda ciertas similitudes con un tipo de personalidad que una vez oí definir como ‘hombre-mono’. Este espécimen jamás suelta una rama mientras no tenga otra a la que aferrarse. Aunque parece que sus cimientos pueden venirse abajo en cualquier momento, el paso del tiempo acaba confirmando que, mientras los hombres ‘de infantería’ tropiezan y caen (y a veces se quedan rezagados o heridos en el camino), los hombres-mono resisten aplicando un conocido precepto conservador: cambiar un pequeño detalle para que en el fondo nada cambie.
¿Es Manuel un hombre-mono? Comprobémoslo. En más de una ocasión ha decidido abandonar la seguridad del refugio, si bien sus pasos jamás han ido suficientemente lejos para perderlo de vista. Cuando se piensa en la inercia (nos centraremos en el ámbito mecánico) a menudo se obvia que esta propiedad de la materia interviene en un doble sentido: un sistema en movimiento opone resistencia a pasar al estado estático, pero también aquel que está en reposo se resiste a empezar a moverse. El simple hecho de forzar la ruptura podría ser considerado, por tanto, un desafío a la inercia, ¿pero se trata de un acto de rebeldía o simplemente de cambiar algo para que nada cambie?
Miedo
Quizá uno de los temores más claramente consustanciales al ser humano sea la soledad. Habrá quien viva preso del pánico consciente de la dificultad de contrarrestar la soledad existencial, pero afortunadamente los nuevos planes de enseñanza han previsto este peligro y lo han atajado cortando por lo sano, es decir, evitando que los proletarios del futuro oigan hablar en su vida del existencialismo y todas esas (peligrosas) chorradas de masones.
Manuel parece tener ante sí un amplio abanico de oportunidades vitales, pero en el fondo es consciente de que nada le garantiza que todos los posibles caminos que se le presentan no le vayan a conducir a la misma espiral de frustración en la que se encuentra inmerso. El miedo se destapa como el más fiel aliado de la inercia y el paso siguiente no puede ser otro que la aceptación de su sino, luego no puede (y desde luego no quiere) hallar más camino que el que marca la inercia.
Pulsión
Todo lo anterior podría dar la sensación de que nos encontramos ante un sistema que se autoafirma constantemente. Se explica y se justifica en sí mismo, de manera circular. Pero la observación nos dice que hay fisuras, más allá de los pequeños cambios intrascendentes. No lo sabemos porque Manuel tenga por hábito la crítica feroz hacia Lucía, tanto en confrontación directa como ante terceros; ello no es más que un síntoma del problema de fondo: la frustración. ¿Falta de comunicación, respeto, empatía…? No, es mucho más sencillo (y complicado a la vez) que todo ello: ausencia de orgasmos.
Aunque Manuel haya optado por la resignación, miles de años de evolución no pueden refrenarse con estrategias tan poco elaboradas. Naturalmente sucumbe al deseo e intuye que su sexualidad encierra un enorme potencial, por lo que necesita periódicamente una válvula de escape para aliviar la presión. ¿Así que las rupturas no son más que subterfugios para dar rienda suelta a las pulsiones lejos del yugo de la fidelidad (auto)impuesta? Calma, calma, no nos lancemos precipitadamente a extender nuestros índices acusadores-reprobadores.
Culpa
Cuando Manuel rompe con su novia recurre a Ana, una antigua ex y compañera de facultad que, a diferencia de Lucía, sabe exactamente qué resortes tocar (es decir, fundamentalmente cómo tocarlos) para llevar a cualquier hombre al ‘séptimo cielo’ (lo cual debe de ser increíble, porque ni siquiera los mormones pasan de tres). Reflexiones místicas aparte, y aunque el mismo trance de Santa Teresa haya dejado el terreno abonado para este tipo de analogías, debo volver sobre mis pasos para llamar la atención sobre un nuevo vector que empuja el platillo en sentido favorable al regreso a la madriguera.
Aunque Lucía es consciente de su incapacidad para satisfacer sexualmente a Manuel y ha optado por una actitud ‘liberalista’ al respecto (‘laissez faire’ y que el mercado se autorregule), él se siente atenazado por la culpa y ello lo inhibe, lo asfixia y lo incapacita. ¿Pero hasta qué punto? Repasemos una frase clave del párrafo anterior: “intuye que su sexualidad encierra un enorme potencial”. La culpa se presenta como el muro entre la intuición y la constatación; la inercia tiene en ella uno de sus más poderosos aliados.
Se trata de otro caso de retroalimentación. Manuel vive frustrado con Lucía e intenta evadir la culpa con rupturas-atajo, pero la estratagema no surte efecto y los remordimientos impiden que desarrolle plenamente su sexualidad con Ana. Ello incrementa su frustración y, ¿cómo no? su culpa, ya que admira, respeta y aprecia a su amante ocasional (quizá el amor no quede demasiado lejos, pero jamás lo sabrá) y se reprocha a sí mismo hacerle pasar el mal trago de la impotencia. Resignado, se pliega ante su sino y abraza la infelicidad.
lunes, 12 de mayo de 2008
Invierno, otoño, verano, primavera...

-¿Cómo? ¿Qué es eso de que estás enamorada de otro? ¡Y me lo dices así, sin más! ¿Cómo se supone que tengo que reaccionar?
-Lo siento, de veras, lo último que quiero es hacerte daño. Soy una mala persona, una persona horrible. Comprendo que me odies, yo misma me doy asco.
-¿Odiarte? ¿Es que no te das cuenta de que no podría odiarte jamás? Te quiero, y eso no puede cambiar de la noche a la mañana.
-Tú mereces a alguien mejor, alguien que te valore y te corresponda. Esto es lo mejor para ti, ya lo verás.
…
-Creo que no me he explicado bien. No quería decir que estés gordo, pero tú también debes haberte dado cuenta de que no estás tan en forma como antes.
-Joder, claro, ya lo sé. Estoy muy ocupado últimamente, no tengo tiempo para ir al gimnasio. Pero si ya no te atraigo no hace falta que te andes con rodeos, ya sé que esas cosas pasan, dímelo claramente, ¿quieres?
-Oooh, cariño, no digas eso, por favor. Claro que me gustas, no tiene nada que ver contigo, soy yo y este estúpido otoño; ojalá se pase cuanto antes. No me odies, por favor. Te quiero tanto…
-No llores, anda. Perdóname por ser tan brusco, mi amor.
…
-Esto no está bien, y lo sabes. A ti no te gustaría que te hiciesen algo así, ¿verdad? No importa si se lo merecen o no, simplemente no está bien.
-¿Quieres hacerme creer que no me deseas? Vamos, sabes perfectamente como va a acabar esta noche. Es como una especie de imperativo hormonal.
-Me gusta pensar que tengo algo más de autocontrol que un perro, que yo domino a mis impulsos, no ellos a mí.
-¿Y ese bulto? ¿Estás seguro de que sabes quién domina a quién?
…
-No, en serio, me encanta ese poema; es tan profundo, tan… desgarrador.
-Ya, ¿tú crees? No sé, yo lo encuentro mediocre, falto de inspiración. Estuvo durante un tiempo en la papelera de reciclaje, sabes; faltó muy poco para que me deshiciese de él definitivamente.
-Creo que el problema es que eres demasiado autocrítico. Debes aprender a valorarte más.
-Sí, tal vez, pero si no lo soy yo, ¿quién va a ser autocrítico conmigo?
*Imagen: 'Sansón y Dalila'. - Rubéns
lunes, 5 de mayo de 2008
Miedo y asco en Compostela

Dos horas sobre la medianoche en Santiago. La luz de la luna se derrama sobre la catedral. Una pareja atraviesa el Obradoiro mientras la lluvia concede a regañadientes una tregua. Se detienen y se besan, tiernamente primero, hasta que la pasión se abre paso entre sístole y diástole.
-Vamos, tengo tantas ganas de estar desnuda contigo entre las sábanas…
Los ojos de la joven centellean y una sombra corta como una flecha el reflejo de la luz en sus pupilas.
-¿Qué ha sido eso? –pregunta él- ¿No lo has visto?
-¿El que? Yo no he visto nada. Habrá sido un pájaro… ¡o a lo mejor ha tomado vida una de las gárgolas del hostal y viene a por nosotros!
-Eres tontísima – le dice él, y comienza a hacerle cosquillas obligándola a encogerse buscando protección en el suelo. –Anda, ven, levántate, que te vas a empapar- …- sí, ya paro.
Pasan junto a la entrada principal de la facultad de Medicina y se sobresaltan cuando explotan simultáneamente todas las bombillas de la calle.
-Joder, ¿qué coño?...
El hombre quiere hablar, quiere saber qué está pasando, pero las palabras se le quedan atrapadas en la garganta al ver bajar de los tejados a una horda de seres que se confunde con la oscuridad.
-¡Oh, dios mío, son los tunos ninja! ¡Estamos perdidos!
-Lleváosla, es a ella a quien queréis, dejadme vivir, por fav...
Pero antes de que pudiera terminar la súplica dos de los enmascarados lo habían reducido y amordazado. Iban a forzarlo a verlo todo hasta el final. Entre tanto, cinco de los tunos, armados con bandurrias, comenzaban con los primeros acordes de ‘La Adelita’.
De pronto un ruido atronador se acerca desde todas las direcciones. Los motoristas igualan en números a los tunos, que cesan su canto. En la calle sólo se escucha el rugir de los motores y los tubos de escape.
-Vaya, vaya, vaya, si son los metal kings. ¿Por qué no os hacéis un favor y os volvéis por donde habéis venido? ¡No sois nada sin vuestros amplificadores, jodidos nidos de piojos! –exclama desafiante el tuno supremo.
Uno de los motoristas alza el puño al cielo y las máquinas callan súbitamente en señal de respeto. Se baja de la moto y avanza hacia su enemigo, se quita la pañoleta y su larga cabellera ondea agitada por el viento. Arroja el cigarrillo al suelo, lo pisa, alza la vista…
-Si queréis guerra, tendréis guerra, aprendices de mariachi. ¡¡¡Metaaaaaaaaaaaaaaaaaal!!!
Los bajos y los laúdes se baten en un duelo frenético mientras las baterías poco a poco van imponiéndose a las panderetas, pero de pronto la situación da un giro inesperado. La voz del tuno supremo se eleva hasta el cielo cantando a pleno pulmón:
“Triste y sola
Sola se queda Fonseca
Triste y llorosa
Queda la Universidad.
Y los libros
Y los libros empeñados
En el monte
En el Monte de Piedad”.
El conjuro estaba hecho. Las nubes se abren y una luz cegadora inunda el campo de batalla. Los espíritus de ‘El Güero’ Gil, ‘Chucho’ Navarro y Hernando Avilés se muestran majestuosos con sus guitarras sobre una alfombra de clavelitos.
-¡¡Mierda, son Los Panchos originales!! ¡¡Buscad corriente para los amplis, deprisa!!
Pero antes de que los metal kings puedan reaccionar el fantasmagórico trío desata sus voces:
“Ese lunar que tienes,
cielito lindo
junto a la boca;
no se lo des a nadie
cielito lindo,
que a mí me toca”.
Los heavys tratan de taparse los oídos para evitar escuchar la melodía, pero poco a poco van cediendo entre convulsiones y espasmos. La espuma brota de sus bocas y caen fulminados sobre los claveles. Todo parece perdido, pero un rayo parte el cielo y cae sobre una de las motos, haciéndola saltar por los aires. Las llamas alcanzan a las demás y una cortina de humo pronto lo envuelve todo. De la oscuridad surgen tres figuras espectrales: la guitarra de Jimmy Hendrix gime excitada, Janis Joplin y Jim Morrison cantan a dos voces:
“There is a house in New Orleans
They call the Rising Sun
And it's been the ruin of
many a young poor boy
And, God, I know I'm one”.
Las cabezas de los tunos estallan como sandías en un horno industrial y Los Panchos se pliegan sobre sí mismos hasta perderse en el infinito. Hendrix guiña un ojo al líder de los metal kings. El rock ha ganado. Sólo quedan en pie la pareja y el motero, que los mira con indiferencia. Él trata de abrazar a su chica, pero ella lo rechaza con una bofetada.
-¡Así que “llévatela a ella”, eh, hijo de la gran puta!
La chica echa a correr hacia el heavy y se abraza a su enorme torso. Él la rodea con un brazo y silba. Desde el Obradoiro llega al galope una Harley XR750.
-¿Quieres montar, preciosa?
-Llevo deseándolo toda la noche.
viernes, 2 de mayo de 2008
Matrioskas

-¿Qué haces? ¿Otra vez pegado a la Play?
-Es que estoy enganchadísimo al Real Life.
-¿Y eso de qué va?
-Es rollo sims, ya sabes, creas un personaje y lo haces interactuar con otros. Es completísimo, tiene un montón de opciones.
-Ya, y tú eres una stripper bollera, no me digas más…
-Que va, más o menos he tratado de crear un personaje con mis mismos rasgos y aptitudes. Bueno, con menos kilos y más centímetros, pero tú ya me entiendes.
-Vaya, y sorpréndeme, ¿qué increíbles aventuras estás viviendo con tu alter ego virtual?
-Pues ahora mismo está en casa, reponiendo puntos de fatiga y jugando a la Play…
